Periplo

René Contreras Ósio

Taxco, Guerrero, México-tenochtitlan, enero de 2002

Semana Santa con armadura

Susana Guerrero

Taxco. Elche, enero de 2002

Massimo Pissani

Elche, 2004

HILAR LA MATERIA ORGÁNICA

Josep Lluís Peris i Gómez, 2004

Susana Guerrero: sujeto y objeto de imágenes perturbadoras

JOSEP LLUÍS PERIS I GÓMEZ, Valencia mayo 2004

¡NO ME CORTES LA CABEZA!

susana guerrero     mayo 2004 Elche

frency Fernández

2006 ESPACIO BOP

SUSANA GUERRERO: LOS OBJETOS COMO RITUAL ESTÉTICO Y CEREMONIA

JOSEP LLUÍS PERIS, VALENCIA ENERO 2006

ESPACIO BOP, MADRID

El drama existencial de la doncella armada

MIGUEL CERECEDA

CHARPA

TEXTO PARA LA EXPOSICIÓN “PARA LLAMAR A LAS FUERZAS”. PALAU DE LA MÚSICA DE VALENCIA.

CHARPA

TEXT FOR THE SHOW “TO CALL THE FORCES”. PALAU DE LA MÚSICA DE VALENCIA.

PARA LLAMAR A LAS FUERZAS

JOSEP LLUÍS PERIS

TEXTO PARA LA EXPOSICIÓN “PARA LLAMAR A LAS FUERZAS”. PALAU DE LA MÚSICA DE VALENCIA.

TO CALL THE FORCES

JOSEP LLUÍS PERIS

TEXT FOR THE SHOW “TO CALL THE FORCES”. PALAU DE LA MÚSICA DE VALENCIA.

SUSANA GUERRERO

PARA LLAMAR A LAS FUERZAS

JOSÉ LUIS MESSEGUER

ENTREVISTA

LECHE NEGRA MANANTIAL DE MUERTE

ROSALINA HERNÁNDEZ

Periplo

René Contreras Ósio

Taxco, Guerrero, México-tenochtitlan, enero de 2002

Al arribo de Susana a estas tierras mexicanas, descubre y se descubre a través del paisaje del desierto y sus soledades solares; del silencio zumbante de Real de Catorce.

Zona de cactáceas espinosas y alucinógenas, lugar de peregrinaciones místicas; Flora de carne húmeda protegida por finísima piel y agudas espinas. Así, sin más, recolecta y organiza todo aquello que el desierto tiene: puntas, puyas, picos; todos ellos. Una promesa de dolor para el cuerpo.

Su mirada visigoda de vieja Cristiandad se topa con códices prehispánicos, tapices de narraciones pintadas, de calendarios astronómicos y sacrificios humanos, de cuerpos y corazones; de la vida y la muerte. Libros de fibras vegetales, de piel de maguey, memoria Azteca. Ahí mira el color de la santa sangre de la cristiandad culposa y del corazón de los cautivos para alimentar al mismo sol que nos alumbra.

El camino de la purificación esta señalado: cuerpo y laceración.

Susana nos habla del cuerpo, del cuerpo femenino, de su carne y su placer; de su culpa y su expiación. Se defiende de las miradas cubriéndolo y de las tentaciones de los otros, llenándose de picos y coronas de espinas.

 

Piel-coraza-camisón-corsé, donde se percibe el hueco, el vacío dispuesto a ser habitado por un cuerpo femenino; siempre a punto de ser pinchado por las púas prehispánicas del auto sacrificio.

Calor y humedad; la sangre de la luna. Camisones a los que les crecieron espinas desde la suavidad de los senos; maniquíes de costura imposibles de vestir; corazones a resguardo de las púas para que los sentimientos no lo dañen.

Vaginas con advertencia ¿qué más?

Un colibrí, miles de colibríes mensajeros de los mundos, reveladores de una tierra allende el mar la mar y de esta tierra misteriosa; antípoda de su alma.

Semana Santa con armadura

Susana Guerrero

Taxco. Elche, enero de 2002

Era una negra semana Santa en Taxco llena de pecado y penitencia

los nopales del vestido del ángel rojo que cuida mi cama cayeron sobre mí al mismo tiempo que rompían mi collar mágico dejándome desnuda y desprotegida

hilos verdes sostenían aquellos nopales verdes, espinosos, con forma de corazón que colgaban de cabeza del techo de mi cama

en esos días era difícil dormir allí, la mazmorra cerraba sus puertas tras la cenicienta a la hora en la que la carroza se convierte en calabaza

a mi camisón blanco le crecieron dos espinas de maguey a la altura de los pezones

las espinas empezaron a correr, a expandirse a lo largo de la tela del camisón y pasado un tiempo las espinas se alargaron, se estiraron convirtiéndose en los picos de pequeños colibríes que colgaban suspendidos, todavía punzantes

los cuerpitos de maíz se tornaron rojos, su rojo vibraba, se movían, conservando los picos de espina de los anteriores colibríes

el interior del ceñidor estaba vacío

la forma la creaba una gruesa piel de maguey que remataba sus extremos con ondulantes espinas a manera de corsé- flagelante-protector, doloroso tanto para el cuerpo portador cono para el cuerpo abrazante

las varillas de este ceñidor se prolongaron formando una bóveda en la parte superior y allá se cerraron enjaulándolo, la piel se hizo cálida, blanca, mullida, esponjosa, blandita, y se abrió una puerta

al mismo tiempo que del centro de la jaula caía suspendido un corazón de largas espinas que en ciertos lugares atravesaba la blanca piel

la doncella lanzo su trenza por la ventana de la torre y corrió escaleras abajo

dio una patada a la puerta y cruzó el seto de zarzas

del final de su trenza quedaron enganchados algunos colibríes de aquel lugar, de aquel castillo, de aquella torre

así que la doncella continuó corriendo con su camisón- pendón al aire

con su camisón como pendón, como estandarte como aviso-protector, mostrándolo colgado al viento.

Será bueno cargar siempre estandarte, armadura, escudo y espada

 

Massimo Pissani

Elche, 2004

Vive  en una casa de hojalata

Cien gendarmes de púas cuidan de ella

Abren el camino al huésped

Indican por donde el corazón

Corazón herido de espera

Esperanza que recompone

Los miembros desparramados en circulo

Amparo hispano

Cruce a mitad

Entre ahora y siempre

La vía es el camino

Donde se pisan huellas al revés

Disuelve sus diablillos en química fuerte

Empapa el mundo con sus senos

Se defiende como puede

Tiene agujas y espinas

Espinas y columpios

Como a cardar lana

Demora y demora

El tiempo dilata y delata

En la casa de hojalata

HILAR LA MATERIA ORGÁNICA

Josep Lluís Peris i Gómez, 2004

La insoportable ligereza del ser o la transgresión definitiva del yo como modelo ontológico, o quizás el dolor físico como ejercicio de purificación del cuerpo: su laceración, la profanación de sus márgenes, la ofrenda de su frágil membrana como protección...Así es como se nos muestra la enigmática presencia femenina de la artista Susana Guerrero, tejiendo un interminable universo de pieles fragmentadas, limitadas por espinas, a veces venenosas, otras iniciáticas, hirientes o luminosas. Y es que esta artista alicantina ha sabido adentrarse en el difícil ejercicio de la experiencia del cuerpo y sus atavismos, para poder así mostrar caminos estéticos donde la expresión y la contención se entrecruzan en bifurcaciones insondables desbordantes de placer, de dolor, de ebriedad y de profundo conocimiento. A partir de un universo de objetos que permanecen incomprensibles en la naturaleza, de fragmentos de plantas carnosas, fibras vegetales, cactus, capullos, cortezas de árboles, hojas secas por la aridez, el calor, el desierto...la poetisa Susana Guerrero, -becada en México-, consigue hilar una materia nueva habitada de misterio, de intimidad, de silencio que interroga, y de este modo construye una narratividad mágica donde los conceptos toman la forma de vestidos de cama, de ceñidores, de máscaras...La escultura es para la artista una nueva ordenación de la materia y de los elementos que recorren el inquietante lugar de los sueños y de las alucinaciones, su propia experiencia transpersonal y su artesana dedicación a la tarea de coser la materia orgánica, las plantas, las labores, los frutos, le permiten trascender los límites de los objetos y de las formas, para poder representar la insólita belleza de la naturaleza muerta que ella sabe reconvertir a formas estéticas llenas de enigmática, oculta y encantadora vida latente detrás de las corazas que son las telas, las pieles, el maguey, y es sólo así como: “ a su camisón de dormir le crecieron dos espinas de maguey.”

 

SUSANA GUERRERO: FILAR LA MATÈRIA ORGÀNICA

 

           La insuportable lleugeresa del ser o la transgressió definitiva del jo com a model ontològic, o potser el dolor físic com a exercici de purificació del cos: la seua laceració, la profanació dels seus marges, l’ofrena de la seua fràgil membrana com a protecció ...Així és com se’ns mostra l’enigmàtica presència femenina de l’artista Susana Guerrero, teixint un interminable univers de pells fragmentades, limitades per punxes, de vegades verinoses, d’altres iniciàtiques, feridores o lluminoses. I és que aquesta jove artista alacantina ha sabut endinsar-se en el difícil exercici de l’experiència del cos i els seus atavismes, per poder així mostrar camins estètics on l’expressió i la contenció s’entrecreuen en bifurcacions insondables desbordants de plaer, de dolor, d’ebrietat i de profund coneixement.

         A partir d’un univers d’objectes que romanen incomprensibles en la natura, de fragments de plantes carnoses, fibres vegetals, cactus, capolls, corfes d’arbres, fullams secs per l’aridesa, la calor, el desert...la poetessa Susana Guerrero, -becada a Mèxic-,  aconsegueix filar una matèria nova habitada de misteri, d’intimitat anhelant, de silenci que interroga, i d’aquesta manera construeix una narrativitat màgica on els conceptes prenen la forma de vestits de llit, de cenyidors, de màscares...L’escultura és per a l’artista una nova ordenació de la matèria i dels elements que recorren l’inquietant indret dels somnis i de les al.lucinacions, la seua pròpia experiència transpersonal i la seua artesana dedicació a la tasca de cosir la matèria orgànica, les plantes, les llavors, els fruits, li permeten trascendir els límits dels objectes i de les formes, per poder representar la insòlita bellesa de la natura morta que ella sap reconvertir a formes estètiques plenes d’enigmàtica, oculta i encisadora vida latent al darrere de les cuirasses que són les teles, les pells, el maguey, i és només  així com: “ a la seua camisola de dormir li van créixer dues punxes de maguey.”

 

En la Galeria CHARPA fins a juny.

Susana Guerrero: sujeto y objeto de imágenes perturbadoras

JOSEP LLUÍS PERIS I GÓMEZ, Valencia mayo 2004

INTRODUCCIÓN

 

“A mi camisón le crecieron dos espinas de maguey a la altura de los pezones.” Susana Guerrero en Semana Santa con armadura, Taxco-Elx, 2002

 

           A Susana Guerrero le crecen, como poemas orgánicos, inquietantes y sobrecogedoras imágenes de imágenes que son fragmentos de naturaleza en reposo, no muertas, rebosantes de enigmático silencio, y repletas de una ininterrumpida vigilia en estado de alerta. Y es que el conjunto de su obra artística participa de un fecundo diálogo entre un mundo aparente: el de los vivos, el de los transeúntes, el de las multitudes, y entre el mundo de los no tan muertos: el de los antepasados, el de los sueños y el de los que, vivientes, participan activamente de lo visionario, de lo poético y de lo mágico.

          El aglutinante de todo el discurso estético que reflejan las obras de Susana Guerrero, no es sino la experiencia íntima, impúdica y transgresora de Ella Misma en contacto con los secretos arcanos de la naturaleza en estado genuino. La naturaleza que se despoja de su corteza protectora, desnudando su aparente piel de formas o estereotipos clasificados por la ciencia de la botánica y, que al encuentro de la mirada de la artista, rezuma de esa críptica pero evidente sabiduría más antigua que la propia antigüedad de la suma de todas las humanas miradas. Es Susana Guerrero el sujeto y el objeto de su singular proceso creativo, de ahí que muchos de sus trabajos se resuelvan entrelazando, cosiendo, con sus propias manos, la materia orgánica de la que ella misma y los objetos están hechos. Camisones, corsés, ceñidores, medias, máscaras…no son sino la continuidad de la sensibilidad experiencial de su diálogo continuo con la esencia de las formas naturales y sus secretas voces que deambulan entre el mundo aparente de los que nos creemos individuos vivientes.

          Como si se tratara de un viaje iniciático, la sacerdotisa Susana Guerrero empeña todo su talento estético y poético en recrear un universo plástico en constante desarrollo discursivo, programado a partir del encuentro azaroso, profundamente sentido, de los objetos que acompañan la experiencia del viaje y del espacio concreto donde se revelan los múltiples mensajes que conforman el sentido profundo y último de realidad. Más que de búsqueda, la actividad de esta sorprendente artista, está enfocada al encuentro de imperecederos signos de vida más allá de las anecdóticas y convencionales presencias de los objetos. El espacio natural envolvente, bien sean desiertos, páramos, dehesas o barrancos, se convierte, a través de la mirada y de la experiencia receptiva de la artista, en auténtico gurú o maestro de la vida, siempre latente de inequívocas señales arcanas que, como una ofrenda, nos regala la materia informe o multiforme de la naturaleza asilvestrada. Profanar el silencio y el orden natural de la materia para extraer su desalentadora sabia, tal es el empeño de la artista en su manera de proceder con los objetos. Observar la naturaleza escondida de los objetos, extraerlos del paisaje, fusionarlos con la naturaleza del sujeto que mira, ensamblarlos con nuevos fragmentos, rehacer la piel, la corteza, hacer crecer el cabello, las espinas, el sudor o las lágrimas para volver de nuevo a la esencia de esos mismos objetos y del espacio y, finalmente, ofrecerlos de forma ritual a los ojos del espectador, colocándolos en una vitrina, en un pedestal o haciéndolos estandarte.

 

LOS MATERIALES: DE COMO LA MATERIA PERCIBE Y COMUNICA

 

              En esta nueva exposición los materiales cerámicos, el gres, el fieltro, las cortezas vegetales, las máscaras cosidas con chile, los tejidos naturales…constituyen la materia prima y la materia poética a través de la cual la oferente Susana Guerrero va tejiendo un sugestivo e intranquilizador universo de formas objetuales: ¿Esculturas? ¿Poemas visuales? ¿Fragmentos escenográficos? La puesta en escena de su discurso estético es, en definitiva, el eje central y programático de todo su proceso creativo que cristaliza en cada realidad objetual, en cada escultura-poema, y así, detrás de cada una de estas obras plásticas, la artista se descubre a sí misma a través del fetiche-testimonio que es cada pieza como símbolo concreto de todo un proceso de descubrimiento, de iluminación y de experiencia bien delimitada en el espacio y en el tiempo.

              Los materiales son en sí mismos transmisores de energía, parlantes y receptores de la experiencia sensible de quien toma contacto con ellos, el sujeto desprovisto de esquemas o juicios de valor previos, se fusiona con las pieles y cortezas, con las sustancias digestivas –alteradoras de la conciencia o el gusto- como es el chile en la cultura mexicana, o el maguey, con los elementos de las plantas, los cactus, sus espinas, las vainas o los tejidos húmedos o secos de que están hechos, y de esta manera la artista se metamorfiza en  receptora-transmisora de sabiduría chamánica que se sirve de la naturaleza para desentrañar una invisibilidad inquietante, pero real, que afecta directamente a la conciencia y a la percepción del individuo, también del espectador. De este modo es como operan los materiales en la obra de Susana Guerrero, ella tan solo los interioriza y los remodela a través de sus manos, su cuerpo y su espíritu, luego o bien teje, o entrelaza o reorganiza sirviendo nuevas formas, nuevas imágenes de imágenes. El paisaje, la cultura y los individuos de las tierras mexicanas han sido en esta ocasión el contexto de  su experiencia y de su trabajo, Susana se ha dejado diluir entre el mundo de los vivos y de las sombras de los muertos que se interrelacionan con absoluta normalidad y armonía entre tantos elementos del presente, del pasado y del futuro y ahí están los mitos, las leyendas, los encuentros iniciáticos con otras mujeres en el valle de Teotihuacan, los cactus, las sustancias, el fuego, la luna y el agua de los canales, en definitiva el  México actual y la cultura profanada de los aztecas.

 

LAS HISTORIAS Y LOS MITOS: NARRACIONES EN CONTÍNUO PROCESO DE SIGNIFICACIÓN

 

          A partir del contacto sensorial con todo tipo de elementos naturales en el paisaje mexicano, Susana Guerrero se encuentra, inesperadamente, inmersa en un cruce de leyendas y de narraciones que son los mitos.

          Primero fue un cactus que le regalaron en su ciudad, Elx, un cactus cuyos tentáculos espinosos se convirtieron en los cabellos-serpientes de Medusa. Susana indagó y se identificó con el mito clásico de Medusa y Perseo, pero sería en su posterior viaje a México cuando, azarosamente, se encuentra con el mito azteca de la Diosa de la luna, Coyolxahuqui, a quien su hermano el Dios del sol y de la guerra Huitzilopochtli corta la cabeza, y de este modo se fusionan en la experiencia mítica y en la experiencia sensible de la artista ambas narraciones mitológicas, la de Medusa y la de Coyolxahuqui.

           Desde esta entrelazada narratividad, Susana Guerrero inicia un proceso creativo y poético donde la capacidad por tramar realidades matéricas deriva en una escenificación metafórica habitada por la dicotomía entre la desmembración-mutilación por un lado y la fusión del tejido y el entrelazamiento, por otro. La contextualización-descontextualización de las historias narrativas de mitos tan distantes en la geografía se unirán a la poética constructiva de elementos objetuales-fetiche donde la acción del cosido y el collage jugará una función determinante. Las cabezas cortadas y portadas por los oferentes, las calaveras o los diablos se convertirán, así, en sujetos actantes y centrales de muchas de las obras, como la corona del rey muerto, o los diablos mutilados. Del mismo modo el mito de Medusa degollada por Perseo le sirve a la autora para cuestionar y alterar los procedimientos narrativos de este mito, introduciendo el deseo de la artista y la compasión como inductores de  un tipo de obras donde las corazas, collarines, cascos o armaduras se convierten en elementos protectores del mito, defensores de la condición femenina de estos mitos y de su vulnerabilidad aparente.

            Las cruces de agave o maguey tejen la coraza protectora de Medusa, de la misma manera que el peto-anti-rey-muerto se cruza poseyendo y protegiendo al sujeto femenino que son los dos mitos y por extensión todas las mujeres. El simulacro de identidades aparece, así, transgredido por la experiencia transpersonal de la artista, que delata el engaño y la impotencia de la escenificación del poder y de la violencia, el antirey muerto deriva en una metáfora grotesca de sí mismo y del espíritu anti-madre tierra de todos los elementos asociados a la violencia y la crueldad del poder presente o pretérito.

          Otro de los elementos con los que Susana Guerrero se encuentra en su viaje es el de los luchadores-emblema representados por la máscara plateada del “Santo”, el enmascarado de plata, auténtico ídolo o hito de la lucha libre mexicana. De su fascinante contacto con esta exacerbación de la masculinidad y de la violencia, la artista descubre todo un universo de simbologías que se precipitan en la creatividad plástica plasmada a través de sus máscaras. Máscaras cerámicas con nariz serpiente, simulacros o sátiras de la cultura falocrática, antítesis de la experiencia femenina, de su percepción holística de la realidad y de la madre tierra. La antítesis entre la lógica de la razón y la lógica del corazón se manifiesta a través de sus esculturas-máscaras, a las cuales le crecen narices-pene que son la perduración de la mentira y la vanidad egótica del macho-poder frente a la percepción expansiva y pacífica de lo femenino, que de igual modo contiene lo masculino, de ahí que las máscaras se conviertan, al mismo tiempo, en elementos identificadores y protectores de la artista.  Tejer de chiles las máscaras genera la perturbadora presencia de lo hiriente, la irracionalidad o la exhibición del poder por el poder, y así es como Susana Guerrero exorciza y expía, cual sacerdotisa chamánica, muchas de las obsesiones atávicas de la cultura mexicana y por que no, también de la cultura humana pertrechada en convicciones tan poco evolucionadas como son el machismo congénito y militante, arraigados tan profundamente en el imaginario colectivo de nuestras culturas contemporáneas y del pasado.

 

            Mitos, objetos, naturaleza, viaje interior y trasgresión identitaria son, en definitiva los pilares que sostienen este singular edificio de imágenes perturbadoras que Susana Guerrero construye día a día desde su taller, desde su propia vida y desde y hacia su propio cuerpo, y a partir de ahí no tiene sino que coger la aguja para coser, tejer, entrelazar realidades, fragmentos oníricos, elementos vegetales, sueños enigmáticos y sabiduría en estado genuino que deriva y regresa a la madre tierra.

¡NO ME CORTES LA CABEZA!

susana guerrero     mayo 2004 Elche

mi tía llevó un cactus-medusa a casa, se le había secado

 

Medusa, la sabiduría femenina soberana, la gran diosa triple ahora es considerada como un monstruo con cuerpo femenino y cabellera de serpientes

 

no quiero que Perseo le corte la cabeza

 

tampoco quiero que Huitzilopochtli le corte el cuello a Coyolxauhqui ni para salvar la vida de su madre Cuatlicue

 

no quiero que le corte la cabeza

 

les construiré un collarín, un casco, una coraza…

armaduras acorazadas para protegerlas

 

su escudo de piel de maguey como piel de víbora

de víbora que muda indefinidamente

El luchador y su máscara

piel sobre piel, Xipe Totec de cuatro manos

 

milagros negros que se cierran en cruz

coraza-peto-anti-rey-muerto

abre sus rabos y tentáculos…

 

se darán los milagros

me encantaría ir contigo a la playa

 

la armadura del perdón viene con premio;

premio a lo ganado y premio a lo perdido

 

¿dónde quedó el Enmascarado de Plata?

 

bajo su máscara, solo el luchador cabeza de chile se mueve accionado por su propio chile, ¡su gran falo!

que no le cabe y hace su aparición por el lugar que ocupó su nariz,

nariz que no existe, no nariz serpiente, nariz mentira, mentira podrida

 

 

luchador nariz de chile, luchador mentira

luchador que no lucha, luchador muerto

luchador ciego que busca oro, solo oro

 

enterrar en una corona de calacas que alzan sus manos portadoras de cabezas-muerte guardianas

corona para rey-muerto

 

no se si cortarme la cabeza y mejor llevarla en las manos

frency Fernández

2006 ESPACIO BOP

La trayectoria de Susana Guerrero se hace cada vez más prolífera mediante una representación que transita de lo minimal a lo conceptual. Con un ritualismo medular, revela su interés antropológico, espiritualista y remediador: suerte de exorcismos funcionales y simbólicos.

En esta ocasión vuelve a sus jaguares. Un centenar de ellos intervienen la última planta frente a una gran pizarra solar.

Por ello Susana tiene en cuenta la escala y naturaleza al emplazar sus obras. Mas «no se si cortarme la cabeza» establece un dialogo mayor con el espacio (superando la semántica de los materiales y sus valores simbólicos) para adentrarnos en reflexiones sobre el sacro valor solar. Revisita la antigua cosmogonía astral, ofreciendo su calor de lejos, o incinerándonos con su cercanía. Porque Susana Guerrero, en su acercamiento al jaguar, nos vuelve a remitir a lo poderoso y a la majestad de la fuerza. Nos dispone ante algo paradójico que habita en la naturaleza del ser, con el animal in situ como tropos, debatido o sosegado por una paz interior tan urgida. Cual Eros y Tánatos, su instalación nos puede conducir a la belleza indomable. Acaso muchas de sus obras nos llevan a ello para remitirnos en el fondo al dilema entre razón y emoción, entre disyunción y armonía.

De este modo Susana Guerrero metaforiza las relaciones entre paradigma y camino, entre orden y sosiego, entre iluminación y liberación, como exteriorizando el mundo de sus sueños, a los cuales se consagra para deshacerse un tanto de sus problemáticas personales y compartirlas interpretativa y contemplativamente con nosotros.

SUSANA GUERRERO: LOS OBJETOS COMO RITUAL ESTÉTICO Y CEREMONIA

JOSEP LLUÍS PERIS, VALENCIA ENERO 2006

ESPACIO BOP, MADRID

Del mismo modo que los antiguos alquimistas se enfrentaban al conocimiento de la materia viva a través de la experimentación, la síntesis o la indagación de las propiedades constituyentes y resultantes de los elementos, así la artista Susana Guerrero parece enfrentarse a la investigación de la materia viva de los sueños, las intuiciones o los mitos que subyacen o se manifiestan junto a la inseparable naturaleza mágica de la propia materia. La aprehensión de realidades ocultas, el desvanecimiento de lo aparente para hacer emerger lo enigmático o la indagación de la esquiva belleza críptica de los objetos, de los materiales, de las cortezas, las espinas, los tallos, las raíces… serían algunas de las maneras procedimentales con las que esta indefinible artista se atreve a elaborar su muy personal discurso plástico y poético.

            Los lenguajes con los que se identifica y expresa Susana Guerrero pertenecen a ese tipo de percepciones sensitivas y experienciales en las que el sujeto y el objeto difícilmente pueden entenderse de manera escindida o solamente intelectualizada. El artista y su obra se funden en una mismo y fecundo diálogo mimético; la intuición, la experiencia real y la onírica se confunden y se manifiestan en un mismo proceso de creatividad donde se entremezclan los lenguajes para cobrar entidad propia, singular, y así en cada una de las representaciones icónico-plásticas reaparece y se desvela un mismo espíritu sensible y creativo, receptor de una indescifrable y antigua sabiduría que permanece enmascarada y acechante en cada uno de los elementos de la naturaleza y de la materia con los que la artista opera o interviene.

             Susana Guerrero se identifica o se distancia de la materia viva, y de este modo, los elementos orgánicos o inorgánicos -que se relacionan directamente con las historias narradas, sugeridas o visionadas desde la misma experiencia de la artista o desde la sinuosa y oculta experiencia de las tradiciones y los relatos míticos-, también forman parte intrínseca de la propia construcción estética y poética de sus descubrimientos objetuales, pictóricos o directamente escultóricos. En consecuencia con su modus operandi, su muy personal mundo plástico se funde con todo un universo onírico y también matérico que le son propios y que a  su vez, forman parte de un conjunto discursivo y experiencial complejo, inquietante y críptico que, acaba siendo, de alguna manera, de todos.

 

           Susana Guerreo ya nos tiene acostumbrados a esos peculiares y perturbadores viajes iniciáticos, así como a su inverosímil y enigmático acerbo de imágenes construidas a partir de  los más inusuales materiales, ya sean las telas de raso, el fieltro, las cortezas vegetales, las espinas o la elaboración cerámica y los esmaltes, entre algunas otras experimentaciones matéricas, y es que estamos hablando de una auténtica e  inclasificable “demiurga” o hechicera que transforma los objetos, los elementos y las imágenes reconduciéndolos hacia diferentes ámbitos o territorios que muy bien podríamos considerarlos como mágicos, semiocultos a la razón convencional, alejados del lenguaje comúnmente aceptado y muchas veces habitando el límite de lo real con lo imaginario, el límite de lo vivo con aquello más relacionado con el mundo de los muertos y las diferentes creencias que envuelven el sentido o sin sentido de la misma muerte. En este sentido es necesario aludir a toda la serie objetual relacionada con el mundo de los muertos, como “La corona para rey muerto”, “luchador muerto”, “Peto anti rey muerto” o “diablos” que reunió en la impresionante exposición  “No me cortes la cabeza” que le dedicó la CAM en Alicante en 2004.

                El contacto con la cultura mejicana,  las costumbres, leyendas y tradiciones con las que conviven sus gentes, así como la  exultante   presencia del  paisaje, han incrementado la inclinación de esta artista chamánica o sacerdotisa a entrever -más allá de las apariencias formales-, algunas de las presencias inmutables y paradigmáticas que recorren la historia de las representaciones religiosas, mitológicas o simbólicas con las que se narran y se legitiman las culturas y el poder en cada uno de los espacios geográficos y en cada período histórico. Su estancia en Méjico le permitió de hecho, no solo indagar, conocer o adentrarse en las costumbres vivas junto con los referentes legendarios o mitológicos de la cultura azteca, sino que realmente, le condujo a experimentar una auténtica fusión pulsional con muchas de las tradiciones y presencias mágicas de aquella onírica e inquietante presencia de tradición, cultura ancestral y cohabitación entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Así muchas de las obras posteriores arrancan de experiencias vividas en el territorio, en la arquitectura y con las gentes con quien convivió, la obra “Corsé de colibríes rojos” sería un buen ejemplo de este tipo de creaciones a partir de anécdotas vividas como auténticas revelaciones poéticas.

                     De este modo en esta artista plástica, profesora de grabado en la facultad de Bellas Artes de Altea en Alacant, y viajera incansable, han sido el paisaje y la cultura mediterráneas junto al paisaje mejicano quienes explican y perfilan el carácter hedonista, mágico y colorista que se vislumbra en cada una de sus experiencias constructoras y creativas. Sus imágenes, el discurso estético y los objetos o esculturas de Susana Guerrero forman parte de una mirada poética e incisiva sobre la condición enigmática, lírica o incluso trágica con la ésta se ha ido enfrentando a la misma experiencia estética que surge de la fusión desacomplejada con el entorno y sus misterios. El entorno del Mediterráneo enriqueciéndose con su experiencia mejicana: el mar, la aridez y la luz blanca de su tierra ilicitana se fusionan con la luz cobriza, el desierto o la selva y el océano de México, la arquitectura y los fragmentos arqueológicos precolombinos, dispersos en los llanos y los montes mejicanos que se unen en la memoria de la mujer artista con la omnipresencia de la piedra, el barro cocido o el adobe en los restos arqueológicos ibéricos, romanos o islámicos en el sur del país valenciano, La Dama de Elche como gran icono femenino de la antigüedad clásica hispana encontrándose con la diosa azteca Coyolxahuqui y con su hermano el dios de la guerra Huitzilopochtli,  las narraciones de  los mitos  de Medusa y Perseo que habitan de repente el valle de Teotihuacan como Olimpo profanado de la cultura milenaria azteca, espacio sagrado para los indígenas, lugar de sincretismos entre la mitología azteca y la cristiana... El cactus y la palmera, la tierra, el agua, la luz traspasando la retina hacia el territorio de los sueños, las visiones nocturnas del más allá, el mundo de los espíritus y la revelación a través de las sustancias psicotrópicas en las plantas, las semillas, las flores...Todo un universo que se diluye en la mente y que se atrapa y manifiesta a través de los sentidos de la artista, de la artista mujer y poeta, de la sacerdotisa que se nutre del pasado y el presente de dos paisajes reales de dos paisajes míticos, de dos grandes realidades colectivas dialogando y escudriñándose la una a la otra a través siempre de la mirada y la obra de esta inclasificable artista plástica.

   Las corazas de maguey, las armaduras para Medusa, las coronas para rey muerto o las cabezas de jaguares por poner algunos ejemplos emblemáticos de la poética de Susana Guerrero forman parte de un lenguaje con el que la artista identifica todo un universo simbólico habitado de imágenes-paradigma de ese peculiar y vívido, y muy sentido paisaje imaginario que la experiencia onírica de la artista ha ido habitando y creando paulatinamente. Fruto de esa peculiar e hipersensible experiencia poética es el conjunto de obra escultórica, objetual, de imágenes en grabado o de imágenes y anotaciones en sus cuadernos de trabajo y que forman parte de su elaboradísimo lenguaje plástico. Materiales orgánicos: cortezas de árbol, espinas, plantas…, Materiales sintéticos: hojalata, fieltro, tela de raso, látex, Cerámica y esmalte, dibujo, grabado, carboncillo, pigmentos… cualquier material que se identifique con la experiencia estética y poética de la artista, con el paisaje, los objetos o los colores y texturas que acompañan sus visiones oníricas acaban entrando a formar parte de su discurso estético de se elaboración plástica, de su obra plástica. Los objetos metamorfizados, las esculturas, en definitiva la imágenes se convierten de la mano de la artista-.demiurga en auténticos iconos sintetizadores de mensaje pseudo-religioso, pseudo-estético, de mensajes que emanan religiosidad en estado puro, religiosidad como proceso e impacto sensible sobre la conciencia del artista dejándose fluir en medio de una corriente cognitiva que se fusiona con el paisaje, con el pasado, con el presente, con la experiencia de presente como acto mítico e iluminado de donde emerge toda la fuerza creativa, la clarividencia poética el acto estético primigenio.

  Al carácter simbólico, emblemático o místico que adquiere el conjunto de la obra de la artista-sacerdotisa,  se suma la elegancia y el sentido enigmático del objeto como ofrenda, y así ocurre de una manera paradigmática y muy elocuente con la serie de cabezas de jaguares alineados en postura oferente frente a los paneles solares –instalación exterior que estuvo ubicada en la exposición dentro del ESPACIOBOP,  en Madrid-, auténtica metáfora ceremonial transportada o transplantada simbólicamente desde sus orígenes aztecas hasta el espacio BOP, el espacio BOP como receptor-continente de un acto de religiosidad estética, que se remonta a los orígenes de la cultura humana, a los inicios de la experiencia de trascendencia o inmortalidad y que tiene como elementos protagonistas al sol (placas solares), los cactus y las cabezas cerámicas de los jaguares. Y es así como la artista va tramando, exposición tras exposición, instalación tras instalación, todo un paisaje  imaginario y mítico radicalmente personal, y que se formula plásticamente a través del sincretismo objetual y de la reformulación discursiva:   utilizando la fusión de tradiciones y leyendas de culturas que se mezclan (El mito de Medusa con los mitos solares aztecas), incorporando materiales orgánicos y  materiales ratifícales, uniendo religiosidad, mito, superstición y misticismo y reinventando el espacio expositivo como si fuera un sancta-sanctorum, habilitado para la celebración ritual.

  El resultado, en definitiva, de toda esta manera de proceder estética y discursivamente no es otro que el de propiciar en la mente conformada-conformista del espectador nuevos horizontes cognitivos, desde donde abrir la sensibilidad y la experiencia hacia nuevos modos de sentir la realidad del presente, de lo aparente y de lo oculto, de lo tradicionalmente religioso y de lo nuevo. El espectador puede así celebrar con la artista la fusión que se opera entre las imágenes objetuales con los discursos icónicos que ellas mismas desprenden,  repletos, eso sí  de gran fuerza expresiva, simbólica y poética. Susana Guerrero nos abre un camino enigmático y sublime hacia la misteriosa emanación de la belleza oculta en el pasado y en el inquietante y quizá eterno presente.

 

El drama existencial de la doncella armada

MIGUEL CERECEDA

Susana Guerrero parece un nombre en sí mismo contradictorio. Susana alude por un lado inequívocamente a la bella judía, exiliada en la corte de Nabucodonosor, que todos los días se bañaba en su jardín mientras, sin ella saberlo, era espiada por dos viejos salaces que la codiciaban en secreto. “Susana y los viejos” es por ello también el espacio de una tópica representación de la pintura en la que el propio tema permite objetivar la pulsión escópica del espectador, su amorosa relación con la pintura. Tiziano, Tintoretto, Veronés o Van Dyck ejemplificaron en soberbias ejecuciones esta historia que permitía, en su contexto moralizante, la representación del desnudo femenino. Susana entonces, en su propio nombre, es ya la encarnación de varias cosas: por una parte de la atracción femenina, de su seducción espontánea e involuntaria; por otra, de la esencia misma de la pintura, en cuanto territorio de escenificación de la seducción de la mirada. Consciente de ello el pintor Carlos Alcolea representó su propia Susana y los viejos, con la imagen solamente de un desnudo femenino en el baño, forzando de este modo al espectador a convertirse a su pesar en uno de los viejos mirones.

Pero si Susana viene a ser entonces encarnación simbólica de una feminidad extrema, el apellido Guerrero parece manifestase abiertamente una contradicción. Un guerrero es ante todo un combatiente en la guerra, aunque no necesariamente un soldado. Mientras que la palabra soldado alude ineludiblemente a un sueldo y, en consecuencia, al carácter profesional o mercenario de esta dedicación, “guerrero” puede ser un salvaje o un civilizado, pero en cualquier caso un varón consagrado a la guerra. Puede que la guerra sea también una de las más fascinantes obras de arte, de ingeniería y de avance científico y tecnológico de la humanidad, pero en su nombre resuena siempre una evocación terrible y horrorosa.

Por paradójica que pueda resultarnos, la alianza de ambas evocaciones (la guerra y la feminidad) no es extraña en la historia ni en la literatura y ha dado lugar, por el contrario, a un tipo cultural interesante: el de la doncella guerrera. La amazona Pentesilea, la diosa Atenea o la virgen de Orleáns, Juana de Arco, son todas ellas ejemplificaciones de este extraño ideal, aparentemente contradictorio.

Guerrero es por último el nombre de un Estado mexicano, al sur de la República, situado entre Oaxaca y el Pacífico. Y, aunque esto podría parecer una asociación puramente casual o fortuita, veremos sin embargo hasta qué punto esta casualidad resulta decisiva para hablar de la obra de esta artista.

A veces parece en efecto como si de un modo puramente conceptista el nombre determinase por completo lo que la cosa sea. Y esta determinación en el caso de la obra de Susana Guerrero no es una libre asociación de imágenes y palabras puramente ociosas, sino que, por el contrario, se acerca al corazón de su destino.

Por eso en su trabajo sin lugar a dudas lo primero es la imagen misma de la feminidad: la aparición misma de Susana. La inocente manifestación de su belleza. Toda su primera obra está marcada por esta atención explícita a la sensibilidad femenina. Desde su primera exposición individual en 1996, hasta el año 2000, sus exposiciones estuvieron centradas en los problemas de la intimidad, de lo familiar y de la sensibilidad, en sucesivas series de reflexiones sobre la idea de la propia cama.

La cama podríamos decir que no es un espacio particularmente femenino. Sin embargo no es un espacio de trabajo sino de descanso, no es un espacio público, sino privado, no es un espacio duro ni agresivo, sino blando y acogedor. Tal vez por ello podemos relacionarlo más fácilmente con algunas ideas tradicionalmente vinculadas a la feminidad.  La cama  es en cualquier caso el territorio en el que pasamos una tercera parte de nuestra vida y, por ello, desde luego merece una atención aún más atenta que la que pueda derivarse de cuatro años de contemplación intensa. En torno a la idea de la cama Susana Guerrero no sólo realizó la cama de sus sueños, sino también los sueños de su cama. Las camas de sus amigos y parientes, como retratos posibles de sus sueños o de sus caracteres.

No deja de ser extraño y curioso a la vez que la primera beca de estudios que recibe la artista, cuando ya se encuentra realizando este trabajo, fuese a la ciudad en la que se encuentra el templo mismo de la diosa Atenea, el Partenón, como una especie de anuncio, oráculo o íntima confirmación de su destino. Lo mismo que la diosa Atenea es la virgen guerrera, que surgió plenamente armada de la cabeza de su padre, del mismo modo arriba Susana Guerrero a Atenas plenamente armada con las herramientas del arte, dispuesta a construir sus sueños y a ponerse bajo la advocación de la diosa..

Construir los sueños al principio no era nada más que intentar responder a la pregunta qué es para ti tu cama, o incluso ¿cómo te gustaría que fuera tu cama?

La artista cuenta la experiencia de esta vocación como si se tratara de una revelación mágica, como una especie de aparición mística en el interior de la habitación. “Fue un día o un mal día –escribía en 1999 a propósito de esta serie de reflexiones sobre la cama–, un día negro, un día en que no quería ver la calle, o sólo ver el cuadrado de luz que atravesaba mi ventana abierta de puertas (…) Debo retroceder y decir que allí empezó todo, ahí empezó verdaderamente esta historia, ahí cuando sólo había blanco”.

Esta manifestación mística de la ventana de luz, que recuerda otro tipo de vocaciones como la de san Pablo, camino de Damasco, o la de la propia doncella de Orleáns, parece sin embargo en su caso manifestación de su vocación artística. También Sam Francis, recluido a causa de las heridas de la guerra en una habitación de hospital junto al Océano Pacífico, contemplando durante meses en su cama los reflejos de la luz sobre el techo de su cuarto, comprendió su vocación artística y su dedicación por completo a la pintura. Susana Guerrero recibe de la ventana esta visión del cuadro en blanco, imagen emblemática de la pintura, y acaso percibe en ella un fin, un acabamiento (fin de la pintura llevado a cabo por la representación del cuadro blanco, del propio Sam Francis) o, acaso por el contrario, un principio, y se orienta desde su propia cama decididamente hacia la escultura.

¿Por qué la escultura? ¿Acaso por un rechazo de la mirada rijosa de los viejos? No lo sabemos, o al menos la artista no nos lo cuenta. Ella sólo nos dice “fue entonces cuando utilicé mi cama como vehículo para marcharme”. Como una especie de nuevo Little Nemo en el País de los sueños, la historia dibujada de Winsor McCay, Susana Guerrero se proyecta desde su cama hacia el universo. Y, de los dos elementos que aparecen en su revelación, la luz blanca de la ventana y la cama, emblema cada uno de ellos de la pintura y de la escultura, la artista parece aferrarse firmemente a su cama, es decir, a la escultura, para abrirse al mundo.

¿Por qué la cama? ¿Qué es una cama? Desde luego la cama es algo más que un mueble, y así nos lo hace ver la artista. Homero nos cuenta en la Odisea (canto XXIII) como Ulises construyó su propia cama a partir de un tronco de olivo, que había crecido en el patio y alrededor del cual hizo su dormitorio. El olivo es el árbol sagrado de Atenea y sobre él parece que construye Odiseo una especie de altar consagrado al amor, bajo la advocación de la diosa protectora,  y como además este mismo lecho sirve de símbolo de reconocimiento entre los dos esposos, ello le otorga un poderoso valor simbólico. Así nos cuenta el propio héroe como lo construyó él personalmente:

Había crecido dentro del patio un tronco de olivo de extensas hojas, robusto y floreciente, ancho como una columna. Edifiqué el dormitorio en torno a él, hasta acabarlo, con piedras espesas, y lo cubrí bien con un techo y le añadí puertas bien ajustadas, habilidosamente trabadas. Fue entonces cuando corté el follaje del olivo de extensas hojas; empecé a podar el tronco desde la raíz, lo pulí bien y habilidosamente con el bronce y lo igualé con la plomada, convirtiéndolo en pie de la cama, y luego lo taladré todo con el berbiquí. Comenzando por aquí lo pulimenté, hasta acabarlo, lo adorné con oro, plata y marfil y tensé dentro unas correas de piel de buey que brillaban de púrpura.

 

El modo en que el poeta nos describe la construcción del lecho por el héroe nos hace pensar más en una obra de arte que en un mueble. Si a ello le añadimos el valor simbólico que el propio Ulises le otorga, como signo de reconocimiento cómplice entre los cónyuges, ello nos lleva a imaginarlo más bien como una especie de altar o de escultura, al modo en que Susana Guerrero construía las esculturas de camas para sus familiares y amigos.

En la construcción de estas camas se abría un mundo de sensibilidad, un mundo de intimidad que tenía algo de femenino. No se trataba en su caso desde luego de ese mundo heroico y masculino de la construcción del lecho conyugal, sino tan sólo de ese ámbito más emocional y femenino de la elaboración del sueño. Esta relación con lo femenino se hizo más explicita para la artista en el desarrollo de su trabajo inmediatamente posterior, cuando ella misma trataba de explicarse “cómo le crecieron las espinas”. Si todo en este mundo ideal del lecho era ternura, amor y candidez, ¿cómo fue posible que en el propio cuerpo, en el propio camisón, brotasen las espinas?

El modo en que la artista explica este proceso apunta a una extraña conversión de la doncella en una especie de virgen armada, como Juana de Arco o como la propia Atenea Parthenos: “Así que la doncella –escribe Susana Guerrero, tratando de explicarse cómo le crecieron las espinas a su propio camisón– continuó corriendo con su camisón pendón al aire. Con su camisón como pendón, como estandarte, como aviso protector, mostrándolo colgado al viento para que no duela, para que se marche y ya no se clave. Será bueno cargar siempre estandarte, armadura, escudo y espada”.

Lo sorprendente es que esta decisión de cargarse de estandarte, armadura, escudo y espada, haya tenido lugar precisamente en el estado mexicano de Guerrero. Allí aparece también una fascinación por la cultura mexicana que se manifiesta explícitamente en su obra no sólo en la utilización de materiales naturales como los cactus, las espinas de maguey, el maíz o las chumberas, sino también en la utilización de determinados recursos formales y de determinada iconografía característica  (jaguares, caimanes y serpientes, diablos y muertitos), así como en su atención a la mitología y a la cultura azteca. También allí a la dulce Susana le brotan las espinas, la doncella se reencuentra con su nombre y se convierte en guerrera. Si por una parte su trabajo escultórico comienza a integrar una iconografía inequívocamente femenina (camisones, medias, corsés, etc.), por otra aparece sobre ella un elemento punzante, violento o agresivo (espinas o petardos) que produce una contradicción simbólica e incluso matérica entre ambos elementos: lo suave y delicado frente a lo agudo y cortante, lo tierno y atractivo frente a lo agresivo defensivo, lo femenino frente a lo masculino.

Además hay en la obra de Susana Guerrero una doble tradición que afecta decisivamente a la configuración de su trabajo. Por un lado se debe mencionar, sin lugar a dudas, la tradición surrealista del objeto. Tradición que por cierto tiene en México su segunda patria. El carácter onírico de su obra, o al menos de las manifestaciones y revelaciones que le llevan a continuar su trabajo, tiene sin duda una apariencia tanto de interpretación de los sueños como de manifestación del inconsciente. Y, aunque no sea el automatismo psíquico su principio conductor, sí que se rige su trabajo por un procedimiento típicamente surrealista, tal como lo explica André Breton en el texto “Situación surrealista del objeto”, citando a Max Ernst:

»Al pretender dar aquí la definición del procedimiento que en primer lugar, nos sorprendió y nos puso en la senda que debía llevarnos al descubrimiento de muchos otros procedimientos, siento la tentación de decir que consiste en la explotación del encuentro fortuito, en un plano adecuado, de dos realidades distantes (lo cual no es más que paráfrasis y generalización de la célebre frase de Lautréamont: Bello como el fortuito encuentro, en una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas), o, para servimos de una frase más breve, el cultivo de los efectos de un extrañamiento sistemático.

 

Dentro de esta tradición hay que mencionar una segunda tradición femenina, e incluso feminista, a la que la obra de Susana Guerrero se remite y con la que gustosa y deliberadamente se vincula. Artistas como Meret Oppenheim, Frida Kahlo o Louise Bourgeois, que pertenecen a esta tradición surrealista, e incluso algunas otras artistas españolas, como Maribel Doménech, Elena del Rivero, Marina Núñez o Ana Soler, manifiestan con ella curiosas y sorprendentes coincidencias, tanto en sus procedimientos como en sus inquietudes.

Esta feminidad explícita de su mirada entra en contradicción sin embargo con la propia manifestación conflictiva de la sexualidad y ello da lugar a la armadura, al casco y a la espada como estrategia de defensa: la virgen guerrera, la doncella armada. Esta sexualidad agresiva y defensiva produjo sin embargo un extraño miedo a la castración, miedo que se manifestaba claramente en el grito “¡No me cortes la cabeza!” que daba título a su exposición de 2004, en la sala de exposiciones de la CAM de Elche y en la galería Charpa de Valencia, así como en la aparición recurrente en su trabajo de espadas cortadas, cabezas degolladas, cuerpos desmembrados y diablitos decapitados.

Es el temor sin duda de la virgen guerrera que se enfrenta a su destino, la trasgresión de la doncella de Orleáns, cortándose el pelo, vistiéndose de hombre y portando la armadura, lo que la lleva a la hoguera. Susana Guerrero repara en el destino terrible de algunas de estas heroínas y, frente a la tradición feminista, que se fija en particular en las heroínas castradoras, como la Judit que le corta la cabeza a Holofernes, pintada por Artemisa Gentileschi, ella se fija más bien en aquellas que pierden la cabeza.

Perder la cabeza es sinónimo de locura o de enamoramiento, pero a ella le interesan sin embargo estrictamente las decapitadas. Es curioso que los mitos que más le atraigan al respecto, uno procedente de la tradición helena y el otro de la tradición azteca, no se refieran específicamente a vírgenes, doncellas o mujeres castas, sino más bien a monstruos. Uno es la Medusa, decapitada por Perseo, a la que la artista dedica en su trabajo un buen número de piezas, casco, collarín, coraza y armadura, para protegerla, y el otro es el de la diosa azteca Coyolxauhqui, decapitada y desmembrada por su hermano Huitzilopochtli, a la que Susana Guerrero consagra varias piezas en esta exposición. Al igual que la Ishtar de los asirios, la Astarté de los fenicios o la Artemisa de los efesios, la Coyolxauhqui azteca es una diosa guerrera asociada al culto lunar. Su imagen, decapitada y desmembrada, hallada en el centro del D. F. en unas perforaciones de la compañía eléctrica en el año 1978, se expone en el Museo del Templo Mayor en un impresionante tondo de tres metros y medio de diámetro, de donde toma Susana Guerrero su iconografía.

Tampoco la Gorgona es una doncella. Por el contrario, es un monstruo horrible y homicida decapitado por Perseo. Sin embargo su cabeza, cuya visión petrificaba a los que la miraban de frente, colocada en el escudo de Atenea, es una de las principales armas defensivas de la diosa guerrera.

El hecho de que ninguna de las dos, y particularmente la Gorgona, sea la imagen propiamente de la virgen guerrera evidencia que, en el proceso de autodefensa, en el momento en que crecieron las espinas, la doncella se convirtió en una especie de monstruo, de ahí que toda esta exposición pueda entenderse como la manifestación de una cierta piedad por el monstruo. También Marina Núñez ha buscado esta identificación con las histéricas, las locas y las monstruas como un modo de acercarse a esta compleja reflexión sobre la identidad femenina.

 Sin embargo, el tema específico de esta exposición, tal como lo formula su título, es el de “las fuerzas”. El problema de la fuerza se le hizo evidente a la artista en su primera estancia en Alemania, en 2004, con motivo de una beca de grabado en Munich. Allí se sintió sin fuerzas y toda su preocupación y todo su trabajo se centró entonces en pensar modos de recuperar las propias fuerzas. La falta de fuerzas es característica del héroe trágico antes de enfrentarse a su destino. Lo mismo que aquel la doncella armada siente que le faltan las fuerzas e invoca a los dioses implorando su apoyo.

 El título Die Stärke, las fuerzas, con el subtítulo de “la búsqueda de las fuerzas”, ya fue el nombre con el que Susana Guerrero presentó su primera reflexión sobre este problema en la Galería Depósito 14 de Madrid, en la primavera de 2006. Allí ya aparecieron algunas de las piezas que se presentan en esta exposición, junto con algunas reflexiones de la artista al respecto. Estas reflexiones, publicadas con motivo de dicha exposición, tienen todas ellas un carácter poético y enigmático. Tienen la apariencia de invocaciones religiosas a dioses exóticos y desconocidos, para recuperar las fuerzas.

Las fuerzas

Para acercarse a ellas –escribe la artista– cortarse la cabeza y llevarla en las manos; cortarse la cabeza, llevarla en las manos, manar leche de tus pechos y amamantar a esa cabeza cortada convertida en fuente de leche. El vigor de los cabellos; coronada en cabellos endurecidos por medusa que porta mirra en su decapitación. La esfinge; la pantera negra de entrañas llenas de mirra, divide su cola que bífída, soporta su fuente. Camisón negro bordado en agaves trocados por podas; el agave, la serpiente y su piel ahora encaje. Que le salgan enormes cuernos; cuernos de edad que le hagan manar mirra por su boca a Coyolxahuqui, garras, dientes; la tentación de su boca. Doy gracias al león blanco; ofrendo para él cien cabezas de jaguar.

 

Por extraña que pueda parecernos esta oración hay en ella sin embargo muchos elementos que nos permiten acercarnos a una mejor comprensión del sentido de las piezas aquí presentadas. Para empezar, podríamos servirnos del hilo conductor de la cabeza cortada. Más arriba hemos interpretado este como un símbolo claro de castración o como la aceptación voluntaria de la doncella del castigo por su sexualidad agresivo defensiva. Algunas piezas de espadas cortadas o amputadas en su punta vendrían a confirmarnos esta tesis. La identificación con el destino de la Coyolxahuqui o de la Medusa, en cuanto diosas o monstruas decapitadas, así lo refrendarían.

 La artista sin embargo insiste en el sentido positivo que tiene esa acción –la de cortarse la cabeza– como medio de recuperar fuerzas. Sin duda resulta un medio extraño y patológico, ajeno a toda racionalidad y a toda sensatez, pues no parece que cortarse la propia cabeza sea un modo de adquirir más fuerza, sino más bien de todo lo contrario. Pero es que aquí nos encontramos fuera del territorio de la racionalidad misma, en el ámbito de lo onírico, de lo mágico, de lo chamanístico e incluso de lo religioso. De aquí el carácter mistérico con el que se presentan estas obras y estas advocaciones, y de aquí también su carácter esotérico.

 Cabezas de Medusa, cabezas de caimán, cabezas de la Coyolxahuqui, cien cabezas de jaguares, la propia cabeza cortada... La obsesión con la decapitación y la certeza de que en ella hay una ofrenda y como un ensalmo por el que recuperar las fuerzas es tan reiterada en esta exposición que nos vemos obligados a prestarle una atención más detallada.

 La idea de la decapitación apareció por primera vez para la artista en México, donde se encontró de pronto sumida en un mundo mágico, feraz, salvaje e incomprensible para alguien que intenta comprenderlo todo sirviéndose de una racionalidad y de una moralidad burguesa occidental. Para acercarse a aquel mundo y entenderlo es necesario deshacerse de multitud de prejuicios y de creencias que uno tiene aceptadas, como si se tratase de verdades incuestionables. A veces estas creencias están tan arraigadas que no es posible deshacerse de ellas si no es, como sugiere la propia artista, cortándose la cabeza. Inicialmente por tanto cortarse la cabeza no era más que un modo de acercarse desprejuiciadamente a otra cultura que nos resulta atractiva y fascinante. Sin embargo la artista insiste en que ésta no es sólo una acción puramente negativa, catártica, de quitarse de encima una carga cultural que nos impide ver y comprender, sino también una acción positiva, terapéutica, para recuperar las fuerzas perdidas.

 En 1936, un mes antes de que estallara la Guerra Civil española y tres años antes de que toda Europa explotase en una conflagración universal, es decir, también en un momento en que la racionalidad occidental parecía haber llegado a un punto de no retorno, Georges Bataille, André Masson y Pierre Klossowski publicaron en París una revista titulada Acéphale, con ilustraciones de André Masson, en las que se veía la imagen descabezada, acéfala, del hombre renacentista dibujado por Vitrubio, con una daga en la mano izquierda y un corazón ardiente en la derecha. Bataille, vinculado a la disidencia surrealista, defiende esta nueva mitología del hombre acéfalo como una especie de liberación. “El hombre –escribe allí Georges Bataille– ha escapado de su cabeza como el condenado de la prisión”. Pero, al igual que Susana Guerrero, no sólo encuentra en este mito del decapitado una liberación de los viejos prejuicios, una liberación meramente negativa, sino también una verdadera regeneración del hombre, una transformación hacia un hombre nuevo.

[El hombre] ha encontrado más allá de sí mismo no a Dios que es la prohibición del crimen, sino a un ser que ignora la prohibición. Más allá de lo que soy, encuentro un ser que me hace reír, porque está sin cabeza, que me llena de angustia, porque está hecho de inocencia y de crimen. Tiene un arma de hierro en su mano izquierda y llamas semejantes a un sagrado corazón en su mano derecha. Reúne en una misma erupción el Nacimiento y la Muerte. No es un hombre. Tampoco es un dios. El no soy yo, pero es más yo que yo mismo. Su vientre es el dédalo en el que él mismo se ha extraviado y en el que yo me extravío con él, y en el que me reencuentro siendo él, es decir, monstruo.

 

 La sorpresa se produce cuando comprobamos que en esta emancipación de lo humano aparece finalmente, también para Georges Bataille, el monstruo. Monstruo con el que el propio pensador se identifica. Algo de esto hay también en las distintas decapitadas de Susana Guerrero. Ella misma es la Medusa, ella misma la Coyolxahuqui decapitada, convertida en fuente de leche. Ella también el monstruo acéfalo que amamanta su cabeza a sus propios pechos. Éste es el verdadero modo de obtener fuerzas. Regenerarse por completo, renovarse, naciendo a otro mundo, renaciendo. Por eso muchas de estas piezas expresan un simbolismo de regeneración. De la cabeza de la Coyolxahuqui brotan cuernos con fuerzas renovadas. De su boca sale una serpiente.

 La propia serpiente, símbolo tradicional de regeneración y de renovación a causa de la muda anual de sus camisas, aparece aquí convocada no sólo en la cabeza de Medusa, cuyos cabellos eran serpientes, sino también en el extraño mito del dios Xipe Totec, el desollado, dios azteca que, al igual que las serpientes, se despelleja a sí mismo para renovarse. Y que, al igual que las semillas, pierde su piel al germinar. Susana Guerrero ha confeccionado dos piezas dedicadas al dios Xipe Totec y en ellas toca el tema del cambio de piel como cambio de identidad. Asociando simplemente una de ellas a una simbología fálica masculina y al color blanco, y la otra con la iconografía femenina de las tetas y el color negro, pero titulando expresivamente la pieza negra “No soy negra” y la blanca “No soy blanco”. Mostrando con ello cómo la piel constituye una cárcel o una identidad de la que acaso también es necesario liberarse.

 No es posible dar una explicación sistemática y coherente de todas y cada una de las piezas que se presentan en esta exposición, no sólo por la riqueza simbólica y analógica de cada una de ellas, sino sobre todo también por la gran diversidad de temas y de problemas a los que directa o indirectamente remiten. Hay sin embargo un último tema importante aquí presente que no debería quedarse sin un comentario especial. Se trata del tema de la ofrenda, vinculada especialmente a la cabeza del jaguar.

La ofrenda es siempre el signo del reconocimiento y agradecimiento a los dioses por los favores concedidos o el sacrificio propiciatorio para obtener su benevolencia. Susana Guerrero nos dice: “Doy gracias al león blanco; ofrendo para él cien cabezas de jaguar”.Y en efecto, vemos una ofrenda circular de cabezas de jaguar, aunque no sabemos bien quién sea ese león blanco al que se hace la ofrenda. La artista presenta estas piezas de nuevo como el producto de un sueño. Un sueño en el que el león, símbolo de la ferocidad, aparece vinculado al blanco, símbolo de la inocencia. “Tranquila Susana, le dice alguien en su sueño, que los leones blancos nunca atacan”. Se trata sin duda del complemento sexual, del complemento ideal de la doncella guerrera. Frente a –o mejor dicho– junto a la inocencia armada, se presenta la ferocidad inocente.

Susana Guerrero, como los viejos héroes griegos, sacrifica una hecatombe de jaguares a este dios ideal.

 

CHARPA

TEXTO PARA LA EXPOSICIÓN “PARA LLAMAR A LAS FUERZAS”. PALAU DE LA MÚSICA DE VALENCIA.

La belleza salvaje: lo más cercano a la pureza.

Naturaleza desgarrada donde la herida te hace buscar la huída. Lamo la llaga y unos rojos colibríes me aprisionan con fuerza los pechos, sometiéndome a ninguna ley.

Qué difícil es amar el vacío, y con qué fragilidad destruimos el lleno, vacío de materia y lleno de memoria, estructura del silencio, aprendizaje de un tiempo.

Y el vacío avanza, errante con la amenaza de engullir la imagen que expresa el arte. La fascinación, la expresión, emoción del sentido para dar forma a las cosas. Así se representa hasta el infinito el placer del sentido y no sentido del arte, ese placer que nunca acaba de encontrarse ni de perderse.

Velo sin tregua las energías salvajes del sueño, con concentración y perseverancia para que nadie las pueda matar. Riesgo que cuido con vehemencia, sensaciones amargas y dulces, que quieren adivinar el misterio de ese instante eterno del sueño, imprescindible para habitar el vacío amado. Y así, poder abrir la mirada a ese espacio sin gravedad.

No quiero entender las respuestas, sino el sentido y sistema de las preguntas, que siempre me mantienen en espiral. No quiero códigos; la búsqueda se detiene donde nace un lenguaje.

Cavo con mis manos la tierra y me adentro donde la raíz tiene su morada, principio y fin de la creación. Me restriego sin ningún pudor en un barro de sabores y aromas que me identifican con la amapola. En ese mismo instante, quisiera destruirme y fundirme con el polvo de la nada, recorrer las laberínticas galerías de esos túneles donde las hormigas trabajan sin descanso, ser comida por las abejas y defecar la dulce miel para poder impregnar el robusto y enérgico ciprés. Y así llegar a la copa de la palma, divisar el inmenso paisaje de esas palmeras que exigen al amanecer ser peinadas, recogiendo sus melenas con impolutas trenzas que, implacables, se agrupan para celebrar la epifanía.

Las nubes, con sus mantos púrpuras, paralizan la atmósfera mientras, en mi lecho no ausente de miedos ni fatigas, retiro la escalera y cerca, muy cerca de Dios, descanso, arropándome con la estrella que me dejó para poder llegar donde jamás podré llegar.

Dice Nemours: “El secreto del espacio es la cruz”. No, mi espacio no tiene secretos, es la cruz que busca el encuentro para poder establecer un diálogo con la filosofía y el arte. Una línea roja vacía mi espacio, que no es nada más que plenitud.  La paralela de esta línea es la palabra, que a veces me distrae para poder continuar, sintiéndome desprotegida del punto de partida. Aquí, es cuando la pasión flaquea; necesito liberarme del verbo y rescatar la sagrada libertad. Esta libertad que tanto anhelo no se alcanza a través de la razón; tiene que ser pura y salvaje para que llegue a la vida.

Entré en un círculo de jaguares y sin resistencia me tumbé; sus bocas abiertas me aseguraban tranquilidad. Todos miraban con recelo hacia fuera esperando al guerrero, solo ella, Susana, era capaz de apaciguar su furia.

Mis locos deseos son como reflejos de una luna plena en la superficie profunda del agua; entonces quiero que el pájaro dibuje la línea. Al otro lado hay un muro de arcilla que separa la filosofía del poema, agujero abierto para que entre la húmeda yerba. Más lejos hay un campo sembrado de color trigal; allí levanto mi enagua y toca el cielo.

Y las violetas, ¿Qué piensan? El viento las hace danzar y los círculos que trazan en el espacio no las desvían para poder llegar al alto Amarillo. No existe fuego fatuo. Son formas efímeras en lo absoluto, silencio que da el infinito.

Y la luna no se detiene, corre despacio y llega a la cima de la montaña, despojándose de toda luz para oír el color de la lluvia. Con ansiedad espero el sonido de la nada y así poseerlo todo. Ella, siempre atenta a toda materia, ella, el arte que no tiene forma ni unidad, satura la conciencia y el inconsciente. Su sabia mirada me atrapa. Y vuelve a cosechar. No planta ni siembra, criba y disfruta con intensidad el sentimiento más intrépido y sublime. De manera sorprendente utiliza el espíritu de la creación, que está más allá del tiempo y así, llegar al éxtasis.

Una sombra fresca, no lejos de una casita blanca, con la puerta abierta, me invita al alivio. Todo calla. Y en el silencio más espiritual, siento sonidos que la naturaleza improvisa para darle placer a mis sentidos, la gran música del universo, sonidos armónicos y éticos necesarios para el orden.

Y me pregunto ¿Dónde están aquellos luchadores de una gran inteligencia? ¿Han caído en la melancolía? No hay temor; poseen la astuta habilidad intelectual para reencontrarse y perderse en la enigmática poesía.

Veo paisajes donde las piteras sin piedad sacan sus vacilantes e hirientes uñas, parcelando mi terreno y me pregunto de nuevo, ¿filosofía o metáfora, dolor o gozo? En esta jungla no hay línea, solo luz plana donde se vuelve a perder el sentido de la orientación. Hay que volver atrás, retroceder, pues allí dejaron mis pasos una estela de puntos continuos. Una línea blanca me reafirma que la belleza que poseen las terracotas secadas bajo el ardiente sol no tiene frentes ni miedos. Son cálices llenos de verdad.

Y mi línea vaga desconcertada buscando un claro charco de agua donde me pueda mirar.

Las nubes se estiran sin pereza para poderme alcanzar. El viento sopla,  las fuertes y punzantes yucas interceptan el desordenado sonido y el silencio vuelve a mandar.

El rayo de luz que proyecta el debilitado sol, empecinado en volver a su ocaso, es oblicuo. Unos densos grises se asoman sin timidez a mi ventana y los cristales empiezan a tener sus primeros temblores. Pronto el amargo frío endurecerá las gotas de una lluvia cautivadora, las débiles e indefensas ramas se dejarán colgar, para la noche, collares de bolas transparentes. Las joyas del paisaje.

Pienso en la bella y conspicua falena. Y le pido a Susana que me construya unas alas de blancas plumas para que mis movimientos sean seguros al remontar el vuelo. Convertida en un ángel, asciendo a los cielos y al llegar beso su bendita imagen. Y me amó.

Miro hacia abajo con cierto vértigo y los girasoles me devuelven la esperanza. Con un fino hilo de seda, papel oriental y unos delicados alambres me hice cometa. Y los gorriones me enseñaron a oír el canto del vuelo. Unas rebeldes estrellas quisieron encender la noche, pero la espesa niebla no lo consintió. Y seguí volando.

La luciérnaga se ofreció a iluminar el camino hasta llegar al templo, que construí en forma de cruz. Con una sólida bóveda que lo mantiene en pie. En el punto más elevado un círculo de cristales de múltiples colores deja caer una lluvia de lágrimas secas. Los ecos de las sombras proyectan figuras religiosas que giran y giran… Lo penetré hasta llegar a su interior, toqué su centro y me puse a bailar.

Mientras, la colina espera paciente la llegada de las libélulas. Las lagartijas se parean tranquilamente en el calor de las piedras, dueñas del paso del tiempo.

Una serpiente majestuosa se desliza entre los frondosos matorrales y me advierte del peligro que esconden las hojas de oro. Los sauces lloran desconsolados al verme abrazada a los platas del olivo. El roble levanta a la aurora y un sol jornalero despierta a los cerezos de sus eróticos sueños, que se afanan en recoger los maduros y sabrosos puntos rojos para coser el traje que cubrirá mi desnudez.

Adoro las divinidades salvajes que posee el volcán. Me aventuro con las sombras, ya abatidas, a contemplar el vanidoso ritual que emana su delirante y gran corazón. El devastador fuego ciega el firmamento. La hambrienta lava devora con ansiedad el paisaje, tragándoselo. Y una amenazante columna de humo negro invade el cielo.

No puedo morder su apasionada ira, me han arrancado bravamente los dientes. Sólo el volcán digiere la pasión de la destrucción. Y me dijo: “No te preocupes…Tras la ruina algo queda.”

Y lloró un niño en Ítaca, cuando sintió por primera vez la luz.

Con el más sereno silencio, me retiro emprendiendo la búsqueda a otro horizonte, cargada de energía salvaje. Allí me espera la araña azul que cuidadosamente teje mi eternidad. Magia de la nada.

CHARPA

TEXT FOR THE SHOW “TO CALL THE FORCES”. PALAU DE LA MÚSICA DE VALENCIA.

Wild beauty: the closest thing to purity.

 

Torn nature where the wound make you seek an escape. I lick the gash and red hummingbirds incarcerate my breasts with force, submitting me to no law.

How difficult it is to love emptiness, and with what fragility we destroy the whole, empty of content and full of memory, the structure of silence, a time’s learning.

And the emptiness advances, disorientated with the threat of swallowing the image that art expresses. The fascination, the expression, emotion of the sense to give things form, this is how the pleasure of the sense is represented to infinity and not the sense of art, that pleasure that never seems to find or lose itself.

I watch without treaty the wild energies of slumber, with concentration and perseverance so that no one can murder them. A risk that I protect with vehemence, sweet and sour sensations, that want to predict the mystery of that eternal instant of slumber, essential to inhabit the loved emptiness. And be able to open that glance to that space without gravity. I don’t want to understand the answers, only the sense and system of the questions that always maintain me in spiral. I don’t want codes; the search detains itself where language is born.

With my hands I dig the soil and I go inside where the root dwells, the beginning and the end of creation. I rub myself without shame in mud of flavours and aromas that I identify with a poppy.

At that same instant, I would like to destroy myself and melt in with the dust of nothing, explore all the labyrinthine galleries of tunnels where the ants work non-stop, serve as food for bees and defecate the sweet honey in order to cover the robust and energetic cypress. And so, reach the top of the palm tree and sight the vast landscape of those palm trees that demand to be combed at the crack of dawn, tying up their long hair in perfect braids that, relentlessly, group together to celebrate the epiphany.

The clouds, with their purple togas, paralize the atmosphere while, in my bed, not free from fears and fatigue; I retire the stairs and close, very close to God, I rest comforted by the star that he left so I could reach where I could never go.

Nemours states: “The secret of space is the cross”. No, my space has no secrets; it’s the cross that searches for the encounter to establish a dialogue with philosophy and art. A red line empties my space and that is no more than plenitude. The parallel to this line is a word that sometimes distracts me from continuing, making me feel unprotected from the start. This is when passion loses force; I need to free myself from the verb and recover the sacred freedom. This freedom that I so long for is not achieved through reason; it must be pure and wild for it to reach life.

I entered in a circle of jaguars and without resistance I lay down; their mouths open assured me tranquillity. With distrust they looked to the exterior waiting for the warrior and only her, Susana, was able to calm their fury.

My crazy wishes are like reflections of a full moon on the deep surface of the water; then I want the bird to draw the line. On the other side of the clay wall that separates philosophy from the poem, open hole for the humid grass to enter. Further away is a planted field of the colour of wheat; there I lift the frill of my skirt and touch the sky.

And the violets, what do they think? The wind makes them dance and the circles they trace in space do not alter them from reaching the high Yellow. No vain fire exists. These are absolute ephemeral shapes, silence given by the infinite.

 

And the moon detains itself, slowly runs, without pause, and reaches the peak of the mountain, removing all the light so as to hear the colour of the rain. Anxious I await the sound of nothing to possess it all. She, always attentive to everything, she, the art that has no shape or unit, saturates the conscience and the unconscious. Her wise look traps me. And continues de harvest. She doesn’t plant or sow but sieves and enjoys the intensity of the most sublime and intrepid sentiment. In the most surprising manner, uses the spirit of creation that is beyond time, in order to reach ecstasy.

A remorseful feeling makes me detain the various verses, taking me back to the field of productivity. A fresh shadow, not far from the little white house, with the door open, invites me to relief. Everything turns quiet. And in the most spiritual silence, I feel the sound that nature improvises to give pleasure to my sense, the grand music of the universe, harmonic and ethical sounds, necessary for order.

And I ask myself: Where are all those fighters of vast intelligence? Have they fallen in melancholy? There is no fear, they possess the astute intellectual capacity to again meet and lose themselves in enigmatic poetry.

I see landscapes where the pitera without pity show their damaging and threatening nails, dividing my terrain, and I ask myself again, philosophy or metaphor, pain or pleasure? In this jungle there is no line, only flat light where the sense of orientation loses itself again. One must return, go back, since that is where my steps left a trail of connected dots. A white line reaffirms me that the beauties possessed by sacred terracottas under the blazing sun have no fears or fronts. They are chalices full of truth.

And my disorientated line roams searching for a clear pool of water where to see me.

The clouds stretch without laziness so as to be able to reach me. The wind blows, the forceful and sharp yuccas intercept the disorganized sound. Silence continues to rule.

The weakened sun projects, determined to come back to its sunset, an oblique ray of light. Dense greys that are not timid appear through my window and the glasses begin to have their first trembles. Soon the harsh cold will harden the drops of a captivating rain and the frail and defenceless branches will hang, for the night: rows of necklaces of transparent globes. The jewels of the landscape.

 I think about the beautiful and conspicuous Falena and I ask Susana to build me white wings of feathers so my movements will be safe when I take flight. Converted in an angel, I ascended the highest skies and when I arrived I kissed the holy image. And was loved.

I look down with certain vertigo and the sunflowers return my hope. With a fine silk string, oriental paper and delicate wires I made myself a kite. And the sparrows taught me to hear the sound of flying.

Some rebellious stars wanted to light the night but the frothy fog did not allow it. And I continued to fly.

The glow-worm offered to illuminate my way until I reached the temple, in the form of cross, that I built. The solid vault keeps it standing and from the highest level of a circle of multi-coloured crystals, I let go a flow of dry tears. The shadows echoes project religious figures that spin and spin…I penetrated until I reached its interior. I touched its centre and it began to dance. Meanwhile, the hill waited patiently the arrival of the dragonflies. The lizards mate calmly in the heat of the rocks, owners of the passing of time.

 

A majestic snake, only one, slithers amongst the lush bushes and warns me of the danger that lies behind those golden leaves. The weeping willows cry miserably when they see me embracing the olive plants. The oak tree awakes the dawn and the day’s sun wakes up the cherry trees from their erotic dreams, they strive to gather the ripened and tasty red points to sew the suit that will cover my nudity.

 

I adore the wild divinities that the volcano possesses. I venture with the shadows, already weakened, to contemplate the vain ritual that flows from its grand and delirious heart. The devastating fire blinds the atmosphere. The hungry lava anxiously devours the landscape, swallowing it. And a menacing column of intense black smoke invades the sky.

I can’t bite its passionate fury; they have fiercely pulled out my teeth. Only he digests the passion of destruction. And he told me: ”Don’t worry…after the disaster something is left.”

A child cried in Ithaca, when he felt the light for the first time.

With the most rigorous silence I retire, starting the search on another horizon, charged with wild energy. There, awaiting me, is a blue spider that carefully knits my eternity. Magic from the nothing.

PARA LLAMAR A LAS FUERZAS

JOSEP LLUÍS PERIS

TEXTO PARA LA EXPOSICIÓN “PARA LLAMAR A LAS FUERZAS”. PALAU DE LA MÚSICA DE VALENCIA.

Hace falta  sumergirse en la densa iconografía con la que se hilvana la compleja obra plástica de la artista inclasificable Susana Guerrero, para poder experimentar, aunque nada más sea epidérmicamente, la intensa, profunda y perturbadora sensación de viaje iniciático y de contemplación extática que se desprende, de manera poderosa, de cada  imagen, elemento o composición con las que se va tramando el discurso plástico y la propia poética del conjunto  de toda su obra.

 

En la manera de entender y de vivenciar la experiencia estética y de construir discurso artístico, Susana no se permite diferenciar, ni separar su propia experiencia física, mental, su propia corporeidad como persona mujer, de lo que va construyendo con sus manos y con su mente. Su obra participa íntegramente de sus más profundas e inconfesables sensaciones de placer, de dolor, de vida y de muerte. Su propia geografía física y la íntima geografía de su subconsciente, salpicada de inconexos y sorprendentes fragmentos oníricos -visionarios unas veces, otras precursores de significativos acontecimientos relacionados con su propia singladura vital- constituyen en sí mismas el epicentro de un paisaje mental que por un lado se nos descubre muy remoto y ancestral, y al mismo tiempo se nos manifiesta, inquietantemente  presente y cercano. Es en este paisaje donde habitan desgarradas presencias y donde las formas emergen con arraigo desde las profundidades de la tierra, donde la materia se nutre de viento árido y de sol, donde el polvo del desierto entierra y desentierra poderosos tallos con espinas... paisaje real e imaginario, el paisaje de los vivos y de sus sombras, el de  los espíritus y el de las almas vigilantes de la noche. En definitiva el paisaje y la morada a la que acuden, indefectiblemente, todos los presagios, los silencios y las fuerzas que fluyen en continuo y oculto movimiento.

 

Existe un peculiar componente atávico, acompañado de un subyacente movimiento unitivo en todo el discurso plástico con el que se construye su lenguaje artístico. La propia poética de su obra participa de ese peculiar ejercicio o metafísica de la búsqueda y del encuentro del sentido, de la unidad máxima de sentido, de percepción y de manifestación visual, y de esta manera lo visible y lo oculto aparecen en un mismo plano, el conocimiento racional y la sabiduría de la plena intuición se dan la mano en un mismo terreno o ámbito de expresión artística y se fusionan en un mismo azar del descubrimiento,  la artista mujer con la fuerza interior de los sueños y de la magia de los indicios pánicos. Finalmente ese todo acaba formando parte de cada precisa composición y de cada construcción física, objetual, material y conceptual con que se revela y se despliega, consecuentemente, el conjunto de toda su obra.

 

Solamente evitando prejuicios culturales etnocentristas, así como dejando aflorar la inocencia primigenia de la intuición, de la percepción y de la mirada pura, es como verdaderamente nos podemos asomar a ese peculiar universo paradigmático que es el conjunto de su obra, universo repleto de enigmáticas presencias y recorrido por un más que paradójico relato en el que se confunde la realidad vigilante y la extraña omnipresencia de la materia onírica de los sueños, del subconsciente y de lo mágico. El universo conceptual y plástico de la artista -en su propio desdoblamiento como hechicera- Susana Guerrero, se nos aparece habitado de inquietantes imágenes  aliadas a la experiencia personal del sufrimiento, del dolor físico y de la muerte;  y a la vez, estas imágenes, que nos perturban, son capaces de transportarnos a espacios mentales y lugares imposibles, en los que afloran extravagantes y sorprendentes sensaciones que nos retrotraen a la casi irreconocible experiencia del “nosotros mismos”, experiencia en si misma más primaria, más atávica y unitaria, y al mismo tiempo más universal.

 

Y es que ésta concibe su quehacer artístico como un proceso total, en el que se integran, por un lado y en un  mismo nivel, su experiencia íntima, el conocimiento de uno mismo  y el conocimiento de lo real y por otro, el propio aprendizaje de la expresión plástica, de la tradición cultural y de las técnicas de construcción objetual, ya sean la pintura, el dibujo o el grabado, así como la cerámica, la escultura o incluso y porque no, la confección. La mirada atenta e indagadora de la artista aspira a penetrar todas las realidades con las que le ha tocado vivir, su aprehensión de realidad es en sí misma un trabajo artístico que se concreta en el conocimiento y uso de los elementos de los que está hecha cada realidad: elementos orgánicos como las semillas, el esparto, la palma, la zarza espino, el hueso, la piedra, los tejidos naturales, etc. Su anhelo por penetrar las apariencias de realidad le conducen a fusionarse y a fusionar su obra con la experiencia de lo sagrado a través de la aprehensión de narraciones míticas, de rituales iniciáticos, de supersticiones o de revelaciones intuitivas más  vinculadas a la sabiduría de la hechicera o a la magia ancestral de la sacerdotisa.

 

En la exposición que nos ocupa y que la artista ha titulado “Para llamar a las fuerzas” ésta nos introduce de lleno en ese misterioso e inquietante universo de imágenes desconcertantes arraigadas, sobretodo, en esa implícita necesidad de la artista por aunar en su expresión plástica los elementos propios de su más descarnada experiencia personal, salpicada de recientes acontecimientos vitales (el nacimiento de su hijo Ulises, la enfermedad, la incertidumbre, el azar y la especial significación de algunos hechos ocurridos en su más estricto ámbito familiar, etc.) junto a ciertos paralelismos de índole simbólica relacionados más directamente con las narraciones, mitologías y relatos que habitan de una forma subyacente en el inconsciente colectivo y que a su vez se desdoblan o la artista es capaz de hacer desdoblar a través de la iconografía propia de algunas tradiciones culturales muy vinculadas a la religiosidad y al imaginario iconológico de las culturas precolombinas del país mexicano.

 

Como si se tratara de un auténtico oficio exorcitador y como si Susana Guerrero asumiera plenamente el papel de oficiante de un acto de resignificación y de llamada a los elementos ocultos, -aunque presentes en su realidad vivida, en su entorno más inmediato, en el ámbito de su vivencia más directa, en el seno de su propia corporeidad- la artista y demiurgo hace visibles su personal “llamada a las fuerzas” a través de este acto expositivo en el que se ordenan fragmentos y retazos de sus obras más recientes y que nos aparecen absolutamente comprometidas y adheridas a ciertas sinergias orgánicas y telúricas que emanan directamente de los objetos y de la asombrosa energía con la que las manos de la artista es capaz de dotar a cada objeto, a cada pieza. El espíritu sanador, terapéutico y como no, fetichista de la exposición se centra en el conocimiento y reconocimiento de los elementos con los que la artista recompone las fuerzas de la naturaleza personadas en su experiencia y en su cuerpo: la espada, la muerte, la fuente de leche, el rayo, la garra del jaguar, el aliento, la cabeza cortada... Todos estos elementos adquieren un complejo sentido orientado hacia la reformulación poética  y estética de una profunda y significativa experiencia que es la de la artista y que se expande como gran metáfora a la experiencia humana del dolor, del sufrimiento, del conocimiento, del sentido de las cosas, de la soledad y del misterio de la vida y de la muerte.

 

Esta reformulación plástica y conceptual sobre el sentido último de la experiencia, la artista la sintetiza a través de una poderosa imagen  que utiliza como emblema o icono y que se concreta en una especie de cornucopia –en este caso no de la abundancia- sino más bien en una metafórica cornucopia o más bien copa de “las fuerzas ocultas”, vinculadas al dolor y a su vez al anhelo de trascendencia y de plenitud, y es en esta suerte de recopilación donde se precipita todo un elenco de imágenes simbólicas, de iconos reconocibles y reconocidos en la simbología de la tradición cultural mexicana, que hunden sus raíces en el imaginario religioso y en las tradiciones y rituales religiosos y chamánicos de la milenaria cultura azteca. Y es que Susana no solo amplió sus conocimientos en las distintas disciplinas artísticas en ciudad de México, donde estudió y trabajó en su Universidad durante algunos años, sino que además y sobretodo se dejó seducir y fue capaz de sumergirse y dejarse absorber en la paradójica y fascinante tradición cultural de este gran país que es México. De ahí que sus obras nos remitan, constantemente, a imágenes, objetos, elementos del paisaje mexicano, plantas, animales, supersticiones, rituales y ceremonias que forman parte inherente de estas tradiciones culturales vinculadas esencialmente con el legado de la cultura azteca.

 

En esta exposición, nuevamente la artista combina en la realización de sus obras, los diferentes materiales orgánicos e inorgánicos: la cerámico, el plástico, el fieltro, las cortezas vegetales, las semillas, las máscaras cosidas con chile, los tejidos naturales… y de este modo construye la materia prima y la materia poética con la que la artista “maga” va tejiendo su sugestivo e intranquilizador universo de formas objetuales, de formas que evocan mundos paralelos y desconocidos, de imágenes que nos transportan a  los paisajes simbólicos de los sueños, a las melancolías y a los abismos  de la ensoñación, y que nos devuelven a lugares inhóspitos, a sorprendentes no lugares, a ingrávidos espacios laberínticos donde no funcionan  ni la razón, ni la palabra, ni la identidad y donde ni siquiera el cuerpo es depositario de sentido.

 

Las imágenes, cual espejos que separan y vuelven a unir mundos o realidades superpuestas en el espacio y en el tiempo, van penetrando el universo calidoscópico del lenguaje poético de la artista, aparecen y desaparecen los impulsos pánicos de donde emerge la fuerza de la llamada, la llamada de las fuerzas que operan en el inconsciente y que formulan y reformulan el presente del tiempo y la experiencia. Las imágenes-espejo nos devuelven, cual maravillosa epifanía, a la primigénica naturaleza salvaje de donde emergen y hacia donde se dirigen todas las imágenes poderosas con las que la artista se identifica y nos identifica. Primero fue un cactus, y de este cactus crecieron tentáculos espinosos y con estas espinas enhebradas la artista cosió una piel, tejió un manto... luego se precipitaron, con gran agitación, el delirio del placer sin límites y el silencio del dolor; de la mano de las sensaciones -profunda y libremente vividas- vinieron  el conocimiento y la necesidad de más conocimiento, y luego, la necesidad de la expresión. Así, poco a poco, a trasvés de los dispares itinerarios vitales de la artista, en su caminar por insólitos paisajes se iban corporeizando recuerdos, presagios, antiguas narraciones, mitologías conocidas para ella y mitologías que hasta entonces desconocía,  y así, casi imperceptiblemente, la artista devino en su propia médium, en su propia sacerdotisa, sintetizadora de poderosas fuerzas ocupando la vida y las imágenes de la vida, la realidad y los sueños, el cuerpo, los cuerpos,  su propio cuerpo.

 

Es así como la artista mujer Susana entiende y vive la experiencia del arte como vehículo de introspección, de conocimiento y de aprehensión de nuevas realidades existentes y superpuestas en una misma realidad espaciotemporal, y es así como va ejerciendo su función creativa. La creatividad como impulso totalizador de experiencia y de discurso. De ahí algunas de sus fascinantes indagaciones y simbiosis iconológicas entre las narraciones míticas aztecas y las propias de nuestra tradición clásica occidental que ésta ha ido elaborando y que podemos contemplar en esta nueva exposición, como por ejemplo los tentáculos espinosos convertidos en los cabellos-serpientes de Medusa. Paradójicamente su identificación con el mito clásico de Medusa y Perseo aparecerá como una casualidad y con posterioridad a ciertas experiencias límite de la artista, que a punto estuvo de serle desmembrada su propia cabeza, y así este tipo de vivencias reales le conducirán a las diferentes reelaboraciones doblemente significativas y que con su obra será capaz de producir en su encuentro con el mito azteca de la Diosa de la luna, Coyolxauhqui, a quien su hermano el Dios del sol y de la guerra Huitzilopochtli corta la cabeza.  De este modo se vuelven a fundir  la    experiencia sensible de la artista con las narraciones mitológicas aprehendidas, la occidental de Medusa y la azteca de Coyolxauhqui.

 

El aglutinante de todo el discurso estético que reflejan sus obras, no es sino la experiencia íntima, impúdica y transgresora de Ella misma en contacto con los secretos arcanos de la naturaleza en estado genuino. El círculo dibujado en el suelo con repetidas cabezas de jaguar mostrando las afiladas fauces, los cuernos puntiagudos de un ciervo coronando la calavera animal, la garra felina con las amenazantes uñas punzantes, los guantes de percebes llenos de aristas, la espada, la cruz y en la cima de la ascensión iniciática, las cabezas cortadas, los mitos, la sangre, la desmembración y la escisión. Se diría que Susana procede a la aniquilación del yo, a la disolución del nosotros, y en su procedimiento ritualista, chamánico y conceptual se sirve ya no de la antigua superstición de “lo encontrado” como presagio fatal o visión anticipada, sino más bien de la intuición estética contemporánea inaugurada por los ready mades de Marcel Duchamp que vienen a ser los procedimientos intelectuales, estéticos o chamánicos por los que se deconstruye y reconstruye la noción de realidad, de sus imágenes o formas de realidad, y que desde el dadaísmo hasta ahora no ha dejado de acompañar al arte contemporáneo. La destrucción y la recomposición o reconstrucción de las imágenes adquieren en la poética de la artista un sugerente significado e intencionalidad. El anhelo unitivo, el ansia de plenitud, la búsqueda de una nueva y más acorde construcción de identidad vinculada a la tierra, a las fuerzas ocultas de la naturaleza y la necesidad de inmolación metafórica serían en conjunto la complementación del proceso de desmembración-recopilación con el que aborda la artista su discurso poético y estético.

 

En este sugestivo y refinado proceso de elaboración de lenguaje artístico, la plástica de las imágenes y los referentes narrativos se van entrelazando y generan una fusión aparentemente inconexa o arbitraria de elementos objetuales, de fragmentos orgánicos, de materiales nobles y/o materiales industriales, y en esta dinámica de identificación, de simbiosis enérgica y de fusión es donde la mente, la experiencia y la sensibilidad de la artista se pone al servicio humilde de la elaboración de imágenes a través del uso de las artes “menores” o de la labor artesanal que supone confeccionar, coser, esmaltar... y es ahí donde la fuerza del discurso poético de la artista recobra vigorosidad, autenticidad y potencia plástica. La artista-artesana-chamán irrumpe de lleno en el mundo de la expresión artística en este sutil y contundente movimiento estético que supone destrazar las líneas habituales del trabajo escultórico o el de la instalación, el del dibujo o el del grabado para acceder y hacernos acceder a los espectadores a todo un proceso perceptivo que nos instala en el eje de una mirada escrutadora de realidades ocultas, de una mirada que increpa, que profundiza más allá de la corteza de los objetos, de las plantas, de los animales, del ser, y que sin saberlo aglutina y reúne en una misma llamada a las fuerzas convulsas que se agitan más allá de las convencionales apariencias y que residen, altivas, en las profundidades de la naturaleza. Cada obra, cada hiriente y sanador relato objetual nos remite a las oscuras estancias y a las enigmáticas presencias que habitan la imperecedera y descarnada naturaleza en estado puro; la naturaleza de las espinas o la naturaleza del jaguar son al mismo tiempo nuestra misma naturaleza, nosotros formamos parte, somos parte de la misma materia orgánica e inorgánica de la que están hechas las espinas o el jaguar y en esa precisa yuxtaposición de formas, símbolos y gestos de los objetos,  la artista nos devuelve, cual espejos, al seno de múltiples universos arcanos donde residen al mismo tiempo el silencio infinito y eterno, el estruendo de la destrucción, la explosión y la implosión, la máxima belleza y la máxima crueldad, el sublime placer y el sufrimiento.

 

El dolor, la soledad, el abandono, la muerte, junto a la necesidad de redimir la culpa se unen en el misterio del sentido, en el imperio de las fuerzas que desatan la tensión entre el eros y el tánatos, y de este modo el simulacro de identidades aparece, así, transgredido por la experiencia transpersonal de la artista, y reflejada en algunas multiplicidades con que reformula las narraciones de los mitos y de sus formas, los objetos. En la significación del poder y de la violencia, nuevamente, el antirey muerto deriva en una metáfora grotesca de sí mismo y del espíritu anti-madre tierra de todos los elementos asociados a la violencia y la crueldad del poder presente o pretérito.

 

En esta sucesión de apropiación de imágenes, de objetos y de narraciones es donde se va forjando, en consecuencia, el reconocible y diferenciado lenguaje artístico y la propia plástica de expresión  con que se identifica y se nos muestra el espíritu salvaje y fascinante de la artista Susana, y así es, en definitiva, como el hacer artístico de ésta se nos brinda como  un convulso y perspicaz ascenso y descenso de índole casi ascético, como un camino iniciático, devastador de certeza y apariencia formal, como un itinerario sagaz y penetrante. Su oficio de “hacedora” de arte, de experiencia artística, acontece  en un singular y críptico proceso y en su desarrollo va aunando  lenguajes plásticos, intuiciones, experiencias  y discursos en los que siempre  permanecen, irrefutables, esas enigmáticas presencias aclamadas por  las fuerzas de las que está hecha la misma naturaleza, nuestra naturaleza, nosotros mismos.

TO CALL THE FORCES

JOSEP LLUÍS PERIS

TEXT FOR THE SHOW “TO CALL THE FORCES”. PALAU DE LA MÚSICA DE VALENCIA.

You must submerge yourself into the dense iconography that links the complex plastic work of the unclassifiable artist Susanna Guerrero to experiment, even if only epidermically, the intense, profound and disturbing sensation of a journey of initiation and ecstatic contemplation that powerfully emanates from each image, element or composition with which the plastic discourse and the poetics of all of her work are formed.

 

In the way of understanding and living the aesthetic experience and of constructing the artistic discourse, Susana Guerrero does not allow herself to differentiate, nor to separate her own physical and mental experience, her own corporealness as a female person, from that which she builds with her hands and her mind. Her work shares fully with her most profound and unmentionable sensations of pleasure, of pain, of life and death. Her own physical geography and the intimate geography of her subconscious, spattered with unconnected and surprising oneiric fragments – sometimes visionary, others precursors to significant events related to her own vital turn – constitute themselves the epicentre of a mental landscape which appears to us, on one hand, as very remote and ancestral, and at the same time shows itself to us as disturbingly present and close. It is in this landscape that broken presences live, and where forms emerge, established, from the depths of the earth, where matter is nourished from arid wind and sun, where the desert dust buries and unearths powerful, prickly stems... a real and imaginary landscape, the landscape of the living and their shadows, that of the spirits and the vigilant souls of the night. In short, the landscape and the dwelling where all the omens, silences and forces that flow in continuous and hidden movement, inevitably go.

 

There is a peculiar, atavistic component, accompanied by an underlying, unitive movement in the plastic discourse with which she builds her artistic language. The poetics of her work share that peculiar exercise or the metaphysics of the search and the finding of sense, of the maximum unit of sense, of perception and of visual manifestation, and in this way the visual and the hidden appear on the same plane; rational knowledge and the wisdom of full intuition meet on the same terrain or field of artistic expression, and they fuse into one chance of discovery. Finally, this whole forms part of each precise composition and each physical, material and conceptual construction with which all of her work consequentially emerges and opens.

 

Only by avoiding cultural, ethnocentric prejudices, as well as allowing the original innocence of intuition, perception and pure eyes to appear, is how we can truly look into that peculiar, paradigmatic universe that is her work. A universe full of enigmatic presences and travelled by a more than paradoxical tale in which the vigilant reality and the strange omnipresence of the oneiric matter of her dreams, of the subconscious and the magical are confused. The conceptual and plastic universe of the artist – in her own fragmentation as a witch – Susana Guerrero appears to us as habited by disturbing images connected to the personal experience of suffering, of physical pain and death. At the same time, these images that disturb us are able to transport us to mental spaces and impossible places in which extravagant and surprising sensations appear, that bring us back to the almost unrecognisable experience of “ourselves”, an experience that in itself is more primitive, more atavistic and unitary and, at the same time, more universal.

 

And it is, that she conceives her artistic task as a total process which integrates, on the one hand and on the same level, her intimate experience, the knowledge of oneself and the knowledge of the real and, on the other hand, the learning of plastic expression, of cultural tradition and the techniques of object construction; whether it be painting, drawing or engraving as well as pottery, sculpture or even, and why not, tailoring. The attentive and investigating look of the artist aspires to penetrate all the realities with which she must live. The seizure of reality is in itself an artistic task, that becomes reality in the knowledge and use of the elements with which each reality is made: organic elements like seeds, wicker, palms, brambles, bone, stones, natural fibres, etc. Her yearning to penetrate the appearances of reality drive her to merge and to fuse her work with the experience of the sacred, through the seizing of mythical narrations, of initiation rituals, of superstitions and intuitive revelations, linked to the wisdom of the witch or the ancestral magic of the priestess.

 

In the exhibition we are dealing with and which the artist has titled, “To call the forces”, she introduces us fully into that mysterious and disturbing universe of disconcerting images rooted, above all, in that implicit need of the artist to combine in her plastic expression, the elements of her starkest, personal experience, spattered with recent, vital events (the birth of her son Ulises, illness, uncertainty, chance and the special significance of some events in her family environment, etc.) together with certain parallels of a symbolic nature related more directly to the narrations, myths and tales that inhabit the collective unconscious and that, at the same time fragment, or the artist is capable of making them fragment, through the iconography of some cultural traditions closely linked to the religious and imaginary iconography of the pre-Colombian cultures of Mexico.

 

As if dealing with a true exorcism or as if Susana Guerrero were to fully assume to role of an officiant in an act of resignification or of calling the occult elements - although they are present in her reality, in her closest environment, and in the environment of her most direct experience, in the bosom of her own corporealness - the artist and demiurge makes her personal “call to the forces” visible through this expositive act in which fragments and remnants of her most recent work are ordained, and that appear to us absolutely committed and adhered to certain organic and telluric synergies that emanate directly from objects and the astonishing energy with which the hands of the artist are capable of providing each object, each piece. The healing, therapeutic and, of course, fetishist spirit of the exhibition is based on the knowledge and recognition of the elements with which the artist repairs the forces of nature present in her experience and her body: the spade, death, the milk fountain, the bolt, the jaguar’s claw, breath, the severed head…All of these elements acquire a complex sense orientated towards the  poetic and aesthetic reformulation of a profound and significant experience that is that of the artist and that expands like a great metaphor of the human experience of pain, of suffering, of knowledge, of the sense of things, of solitude and of the mystery of life and death.

 

This plastic and conceptual reformulation of the ultimate sense of experience, is synthesized by the artist through a powerful image that she uses as an emblem or icon and that becomes a kind of cornucopia – not of abundance in this case – but more like a metaphorical cornucopia, a copia of the “occult forces”, linked to pain and, at the same time, to the yearning of significance and fullness. And it is in this kind of compilation where a whole array of symbolic images, of icons recognised in the symbolism of traditional Mexican culture are plunged, that sink their roots in the religious imagination and the religious and shamanic traditions and rituals of the ancient Aztec culture. Susana did not only widen her knowledge of the different artistic disciplines in the City of Mexico where she studied and worked in its University for a few years, but she also, and above all, was seduced and was able to submerge herself and let herself be absorbed by the paradoxical and fascinating cultural tradition of the great country that is Mexico. That’s why her work remits us constantly to images, objects and elements of the Mexican landscape: plants, animals, superstitions, rituals and ceremonies that form an inherent part of these cultural traditions essentially linked to the legacy of the Aztec culture.

 

In this exhibition, the artist again combines in the making of her work different organic and inorganic material: pottery, plastic, felt, vegetable peelings, seeds, masks sewn with chilli, natural fibres… and this way builds the prime and poetic matter with which the “wizard” artist weaves her suggestive and worrying universe of object forms, of forms that evoke parallel and unknown worlds, of images that transport us to the symbolic landscapes of dreams, to the melancholy and the abysms of dreaming, and that bring us back to inhospitable places, to surprising non places, to weightless, labyrinthine spaces where reason does not function, nor words, nor identity and where not even the body is the custodian of sense.

 

The images, like mirrors, that separate and reunite worlds or realities superimposed in space and time, penetrate into the kaleidoscopic universe of the poetic language of the artist, the panic impulses from which the force of the call appears and disappears, the call to the forces that operates in the unconscious and that formulates and reformulates the present of time and experience. The images-mirror take us back, like a marvellous epiphany, to the primitive wild nature from which they emerge and to which all the powerful images, with which the artist identifies and identifies us, go. First it was a cactus, and from this cactus grew prickly tentacles and with these threaded prickles the artist sewed a skin, wove a cloak… then in rushed, with great agitation, the delirium of unlimited pleasure and the silence of pain; by the hand of the sensations – profound and freely lived- came knowledge and the need for more knowledge, and then, the need for expression. So, little by little, through the different vital itineraries of the artist, in her stroll though unusual landscapes, memories, omens, ancient narrations, myths known to her and myths until then unknown, she became corporeal and thus, almost imperceptibly, the artist became her own medium, her own priestess, synthesizer of powerful forces occupying life and the images of life, reality and dreams, the body, bodies, her own body.

 

This is how the female artist Susana understands and lives the experience of art, as a vehicle for introspection, knowledge and the seizing of new realities that exist and are superimposed in the same space-time reality, and this is how she practices her creative function. Creativity as a totalizing impulse of experience and discourse. Hence some of her fascinating inquiries and iconological symbioses between the mythical Aztec narrations and those of our own classical Western tradition that she has elaborated and that we can contemplate in this new exhibition; like, for example, the prickly tentacles converted into the snake hair of Medusa. Paradoxically, her identification with the classic myth of Medusa and Perseus appears as a coincidence and after certain experiences of the artist, who was almost dismembered from her own head, and thus, this type of real experiences lead her to the different reelaborations that are doubly significant and that with her work, she will be able to produce the meeting with the Aztec myth of the moon goddess, Coyolxauhqui whose brother, and god of the sun and war Huitzilopochtli, cuts off her head.  In this way the sensitive experience of the artist fuses again with the mythological narrations seized, the Western myth of Medusa and the Aztec myth of Coyolxauhqui.

 

The link of all this aesthetic discourse reflected in her work is none other than the intimate, indecent and transgressing experience of Herself in contact with the mysterious secrets of nature in its true state. The circle drawn on the ground with repeated jaguar heads showing their sharp jaws, the pointed horns of a deer crowning an animal skull, the feline claw with its threatening sharp talons, the barnacle gloves full of edges, the sword, the cross and the peak of the initiation ascension, the severed heads, the myths, the blood, the dismembering and the splitting. It could be said that Susana proceeds to the annihilation of the self, the dissolution of us, and in her ritual, shamanic and conceptual procedure, she uses not the ancient superstition of “the found” as a fatal omen or anticipated vision, but rather the contemporary aesthetic intuition inaugurated by the ready mades of Marcel Duchamp, that are like the intellectual, aesthetic and shamanic procedures by which the notion of reality, of its images and forms of reality, are deconstructed and reconstructed, and that have accompanied contemporary art since Dadaism. The deconstruction and recomposition or reconstruction of images acquires a suggestive significance and intentionality in the poetics of the artist. The unitive yearning, the craving for fullness, the search for a new and more appropriate construction of identity linked to the earth, to the occult forces of nature and the need for metaphorical sacrifice would together be the complement of the process of dismembering-compilation with which the artist approaches her poetic and aesthetic discourse.

 

In this suggestive and refined process of elaboration of artistic language, the plasticity of the images and the narrative references intertwine and generate an apparently unconnected or arbitrary fusion of object elements, of organic fragments, of noble matter and/or industrial matter, and in this dynamic of identification, of energetic symbiosis and of fusion, is where the mind, experience and the sensitivity of the artist humbly serve the elaboration of images through the use of “lesser” arts or the craftwork that is tailoring, sewing, varnishing… and that is where the force of the artist’s poetic discourse recovers plastic energy, authenticity and power. The artist-craftswomen-shaman bursts straight into the world of artistic expression in this subtle and resounding aesthetic movement that undraws the usual lines of work in sculpture or installations, in drawing or engraving, to access and make the audience access, a perceptive process that takes us to the axis of a scrutinizing vision of hidden realities, of a vision that reprimands, that digs further than the surface of objects, of plants, animals, of the self, and that unknowingly binds and reunites in the same call, the convulsed forces that agitate beyond conventional appearances and that reside, proudly, in the depths of nature.

 

Each work, each wounding and healing object tale, refers us to the dark rooms and to the enigmatic presences that inhabit the everlasting and brutal nature in its pure state; the nature of the prickles or the nature of the jaguar are, at the same time, our own nature, we form part, we are part, of the same organic and inorganic matter the makes the prickles or the jaguar, and in this precise juxtaposition of object forms, symbols and gestures, the artist takes us back, like mirrors, to the heart of the multiple, mysterious universes where the infinite, eternal silence, the roar of destruction, the explosion and implosion, maximum beauty and maximum cruelty, sublime pleasure and suffering reside at the same time.

 

Pain, solitude, abandonment, death, together with the need to redeem guilt, unite in the mystery of sense, in the empire of the forces that let the tension between Eros and Thanatos loose and in this way, the pretence of identities appears. Thus, transgressed by the transpersonal experience of the artist, and reflected in some multiplicities with which she reformulates the narrations of the myths and their forms, the objects. Again, in the significance of power and violence, the dead anti-king derives in a grotesque metaphor of himself and the anti-Mother Earth spirit of the all elements associated with violence and the cruelty of the present or past power.

 

It is in this succession of appropriation of images, objects and narrations that the recognisable and differentiated artistic language and the plastic expression with which she identifies and shows us the wild and fascinating spirit of the artist Susana is consequentially forged, and it is so, in short, that her artistic task offers us a convulsive and perceptive ascent and descent of an almost aesthetic nature, like a path of initiation, devastator of formal certainty and appearance, like an astute and penetrating itinerary. Her trade as a “maker” of art, of artistic experience, takes place in a unique and cryptic process and in its development it combines plastic languages, intuition, experiences and discourses in which there remain, irrefutable, the enigmatic presences, acclaimed by the forces of which nature itself is made, our nature, ourselves.

SUSANA GUERRERO

PARA LLAMAR A LAS FUERZAS

Para llamar a las fuerzas...

 

harás una ofrenda.

 

te cortarás la cabeza...

 

te cortarás la cabeza

y manarás una serpiente roja de tu boca...

 

te cortarás la cabeza y te crecerán cuernos.

 

llevarás siempre un collar al cuello.

 

te crecerán cuernos, dientes y uñas

 

mudarás tu piel...

 

Te cubrirás con armadura...

 

harás una ofrenda,

manará leche de tus pechos y sanarán con mirra tus heridas.

 

JOSÉ LUIS MESSEGUER

ENTREVISTA

Susana Guerrero [Elx / Elche (Alacant / Alicante), 1972] Licenciada por la Universidad Politécnica de Valencia en Bellas Artes (Especialidad escultura, 1996) y (Especialidad Grabado, 1997), Doctora por la Universidad Miguel Hernández de Elche (2013). Madre, artista plástica, docente, e implicada también en la gestión del arte. Merced a sendas becas ha ampliado sus estudios en Grecia, México y Alemania, que han marcado su quehacer, en cuanto a la práctica artística se refiere, y quizás también en lo vital, pues imbuida plenamente del espíritu de sus mitologías, convive con ellas, haciéndolas suyas y expresándose a través de los personajes y las historias que pueblan sus obras. Podemos apreciar obra reciente suya en Las Cigarreras, dentro del programa Pump Projects, que, con mucho esfuerzo y pese a todo, está sacando adelante su comisaria, Rosalina Hernández.

 

Como tantos otros creativos en este país, trabajas como docente a parte de como artista. ¿Es tan difícil en España vivir únicamente de la actividad creativa?

Los resultados de la práctica artística son impredecibles y los recibos de la luz y el agua llegan predeciblemente todos los meses.

Mi trabajo como docente me enriquece gracias a mi tiempo en el taller con obras de otros, sobre todo en cuanto a los procesos técnicos y nuevas búsquedas.

 

Tu práctica artística está muy influenciada por el choque (“brutal” añadiría) con la culturas clásicas mexicana y griega. ¿Siguen estando vigentes los mitos?

Sobre todo en México, se sientan en la mesa a comer con ellos.

Grecia me abrió en canal al mundo de la mitología y México me paseó y pateó por él.

 

¿Crees que nos sirven los mitos ahora mismo en nuestra vida cotidiana?

Yo los tengo muy presentes a diario.

Gozo reinventando las mitologías, mezclándolas con las tradiciones y leyendas, con las supersticiones y costumbres populares, con el subconsciente.

Utilizo los rituales y las ceremonias en lo cotidiano, le doy atención al mundo de los sueños, a la intuición.

En las piezas incorporo el trabajo con lo que no se ve, en el que cada material, cada forma, cada elemento nos aporta su carga poética y su sentido material y simbólico.

 

De hecho, esta pieza que ahora muestras “Leche negra, manantial de muerte” parte de un hecho biográfico tuyo personal. ¿Mito, vida, arte se entrecuzan?

Mi trabajo siempre es autobiográfico. Los mitos me ayudan en mis relatos

Yo me convertí en la hembra alimentadora con el poder de dar y quitar la vida.

Ulises sacó lo salvaje de su cuerpo para realizar su ofrenda. Entregando lo que necesitaba, en el momento en el que más lo precisaba y sobreviviendo a su Entrega.

 

¿No te interesa, por ejemplo, la mitología actual de superhéroes, en sus vertientes norteamericana y japonesa, tan influyente ahora mismo?

Los mitos con los que trabajo me los han introducido en las carnes los habitantes de sus tierras durante el tiempo en el que viví en ellas.

He viajado leyendo sus historias buscado los lugares en los que sucedieron, recorrido los terrenos telúricos y saboreando y reinventando la magia.

He estado en sus ceremonias y rituales, compartido su catarsis, sufrido su dolor. He exorcizado con ellos encontrando que los límites están mas allá y compartido su experiencia física.

Respondiendo a tu pregunta me encantaría viajar a Japón y a Norteamérica.

 

Prácticas habitualmente el grabado ¿crees que esta técnica no ha agotado sus posibilidades expresivas. ¿No crees que sería necesaria una puesta al día de dicho arte? Tengo la impresión de que evoluciona lentamente y que está anclado en unos determinados modos.

Hace años que trabajo el grabado y la escultura de manera simultánea. Me encuentro libre en estos medios. Utilizo el grabado desde una noción integradora y disfruto con la transversalidad que me ofrecen las distintas disciplinas.

Mi naturaleza tiende a manipular la tirada variando el entintado y estampado. En múltiples ocasiones la estampa final está iluminada, cosida, rasgada o trabajada con collage y  objetos de variada índole (como espinas, percebes, gomas, cerámicas, etc.).

Con ello aporto mi contribución a ensalzar la noción innovadora del original-múltiple, o sea, la versión de una idea gráfica que se nutre del proceso.

En este último proyecto que presento en las Cigarreras las estampas se multiplican, se adhieren unas sobre otras, capa sobre capa se recortan, y adquieren volumen envolviendo los cuellos de Medusa, Coyolxauhqui y Santa Bárbara alrededor de lenguas de mirra sanadora realizadas con cerámica. Estas obras las cierran unas llamas-fuegos de oro (de cerámica) que brotan de sus bocas emanando su aliento. Convirtiéndolas en “decapitadas vivas”.

 

Precisamente la decapitación para ti tiene un sentido liberador ¿podrías explicarnos un poco más eso?

En mi tiempo en México fue difícil vivir con mi cabeza sobre mis hombros. En una iglesia en Tlacochahuaya encontré la puerta principal custodiada por dos santos mártires que habían sido decapitados y llevaban su cabeza en las manos. La sensación era de paz y descanso. Decidí hacer yo lo mismo, cortar mi cabeza y llevarla en las manos para fortalecerla y fortalecerme.

A lo largo de mi vida me he ido encontrando con decapitadas a las que he acompañado, Medusa, Coyolxauhqui, Santa Bárbara, Sikán. Trabajo con ellas, con su vida más allá de su decapitación, con su nuevo aliento de supervivientes.

 

¿Tu uso, defensa y enseñanza del collagraph es por qué…?

Me encontré en Cuba con el trabajo de Belkis Ayón, una obra impresionante que está realizada con la técnica del collagraph, pero de una manera distinta a como el resto del mundo lo trabaja.

Ella utilizaba la porosidad de los materiales con los que construye la matriz, obteniendo imágenes visualmente calcográficas alejándose del efectismo y exceso de color y relieve que caracteriza esta técnica.

Belkis se suicidó con 32 años, trabajó generalmente sola y no había nada escrito sobre su particular proceso colagráfico por lo que realicé mi tesis sobre ello.

 

¿Cómo puedes compaginar tanta actividad y facetas del arte actual y –parafraseando a Carmen Rico-Godoy- “no morir en el intento”?

Bueno, a mi tesis la llamo “la muerte en vida”. Quizás si he muerto un rato.

 

¿Se le pide a la mujer, en general, en cualquier práctica o quehacer, ser unas heroínas?

Ser madre y padre requiere tiempo. Los artistas devoramos el tiempo para nosotros solos. Al parir pierdes y ganas.

 

En muchos de los casos, de los dioses y diosas que utilizas en tus piezas ¿cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia? ¿O precisamente te sirves de ello para ratificar y señalar situaciones de la actualidad?

Soy narrativa en mi trabajo, cuento lo que sucede dentro y alrededor mío. Un amigo, Antonio Barea, lo llama “mitología contemporánea con personajes que él conoce”. Me parece muy acertado.

 

Desde luego el papel de la mujer en la mitología es producto de un tiempo y creo que, en ese sentido, tu trabajo significa un aggiornamento, una puesta al día un llevarlos a nuestra actualidad y problemática. ¿Siguen sirviéndonos para explicar lo no explicable, lo metafísico?

Vivo y trabajo con lo que no se ve, eso me lo enseñó México, le doy gracias por ello.

Un proyecto, un deseo…

Más horas al día para mis exorcismos

LECHE NEGRA MANANTIAL DE MUERTE

ROSALINA HERNÁNDEZ

La vida que brota, la vida que se extingue, eterno ciclo del que es imposible escapar.

La frontera desaparece. Nacer y morir es lo mismo, nos produce dolor, emoción y la

belleza de la intensidad.

Huir de la muerte es rechazar la vida, vivir es morir. Hacemos un culto de la muerte y

del manantial que produce el nacimiento.

Avaricia de leche del recién nacido, motor de alimento y fuerza de la madre.

Las antiguas culturas nos narran en sus representaciones, atávicas, bellas y crueles,

a la madre como hembra dadora de vida, protección, seguridad y dominio.

Tales dones son la envidia de dioses y hombres, les producen tanto temor  como la misma

muerte.

Susana Guerrero representa en su obra a Medusa decapitada por Perseo, sus cabellos

convertidos en sierpes nos alejan del mal.

Santa Bárbara, decapitada por orden de su padre el Rey Dióscoro, celoso de su belleza y

valentía.

Coyolxauhqui decapitada por su hermano, su cabeza fue arrojada al cielo y se convirtió

en la luna.

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El trabajo de Susana Guerrero no se puede encasillar como de género, como tantas veces, ya  hemos escuchado cuando una artista trabaja sobre la maternidad,  la vida y la muerte.

 

Hay un discurso sólido en su obra, no es feminista, solamente humano.

 

La mujer como madre, dadora de vida, resistente a la muerte de sus hijos, a las guerras y a las hambrunas.

 

No hay fuerza mayor que la determinación de una mujer hacia el amor y protección de los suyos.

 

Mujeres decapitadas. “No me cortes la cabeza”.

 

La cabeza que lleva Susana debajo del brazo es una imagen tremenda, a toda mujer nos desconcierta y a los hombres descoloca.

 

Al pensamiento femenino, arraigado a la maternidad y a la familia, se le niega la inteligencia y el sentido práctico, y más el creativo, nada menos que negar que el pan no es alimento.

 

La cabeza decapitada que todas las mujeres sostenemos, sabiendo que nunca más estarán en equilibrio en nuestro cuerpo, miran hacia adelante, recogidas amorosamente con el abrazo de nuestro regazo.